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Diego Velázquez: Las hilanderas (1657-1658). Madrid, Museo del Prado

Diego Velázquez: Las hilanderas (1657-1658). Madrid, Museo del Prado

¿Estaría ya convencido a esas alturas el jurado popular? No lo sabemos. Dejábamos ayer en plena captatio benevolentiae al fiscal en el juicio celebrado en 1912. Todos los hechos, todos los recovecos de la historia del espantoso crimen ocurrido en 1910 el camino de la estación de Campo de Criptana… todo lo que había que saber, había ido saliendo a la luz poco a poco, tímidamente, a lo largo del proceso. Entre unos y otros, entre el fiscal, la acusación y la defensa, y los testigos de unos y de otros, así se había ido poco a poco componiendo el difícil tapiz que es siempre el pasado, como una Penélope que teje y teje sin parar esperando a su Ulises, y teje y teje la paciencia, teje y teje la espera. En el juicio se había ido tejiendo y tejiendo un tapiz de la verdad. La imagen final resultante tendría que ser la de la justicia. Tocaba ahora el turno a las ruecas del jurado popular… en sus manos quedaría todo, dar forma a la verdad y sancionarla con su sentencia.

Y continuó el fiscal donde lo dejamos ayer (véase: Campo de Criptana, 1910: El espantoso crimen del camino de la estación… y el juicio, XV). Continuó su interpelación al jurado popular, según los términos que encontramos en la crónica publicada en el periódico El Pueblo Manchego del 11 de noviembre de 1912. Había llegado la hora de la emoción, y el fiscal, que dominaba perfectamente los tiempos lo sabía. Y no desaprovechó la ocasión. Veamos, pues, qué nos dice el periódico:

Aquí tiene el fiscal frases tiernísimas que emocionan á la sala.

Gerard Ter Borch: Mujer escribiendo una carta (ca. 1655). La Haya, Mauritshuis

Gerard Ter Borch: Mujer escribiendo una carta (ca. 1655). La Haya, Mauritshuis

Y hay todavía más. No se contenta Ángel Romero [el procesado] con privar de la vida material á su novia, sino que haciendo uso de lo que debía haber respetado porque afectaba á la intimidad, manifiesta las cartas que aquella mujer le escribió, entregándoselas á su defensor, para darse aire de chulapería y de conquista. Todo esto hizo Angel Romero con la mujer á quien logra enamorar consiguiendo también que se rebelase contra la autoridad paterna, que no quería consentir las relaciones de su hija con un hombre de pésimos antecedentes.

Pasa luego el fiscal á rebatir las conclusiones de la defensa, examinándolas punto por punto y aduciendo lógicos argumentos. Demuestra que el procesado obró con alevosía, puesto que empleó formas en la ejecución sin riesgo para su persona, cualidad agravante señalada en el párrafo 2º artículo 10 del Código penal. A esto se une que obró con premeditación, de noche y en despoblado.

John William Waterhouse: Penelope y los pretendientes (1912). Aberdeen, Art Gallery and Museums Collection

John William Waterhouse: Penelope y los pretendientes (1912). Aberdeen, Art Gallery and Museums Collection

Hasta aquí llegamos hoy. El tapiz de los hechos y de su verdad parece ir mostrando paulatinamente una escena poco favorable al procesado. A los crímenes sangrientos se uniría, además, la traición de la confianza y la revelación de secretos epistolares, secretos bien guardados como arcanos del corazón en las cartas que intercambiaron el procesado y la víctima y que, sin pudor, la defensa había sacado a la luz. No parece, sin embargo, que aquellas cartas, sobre cuyo contenido albergaría la defensa algunas esperanzas a favor del procesado, tuviesen su resultado esperado. Cosas como esas están mal vistas por la opinión pública y, en eso, la vox populi no perdona. Quizá el jurado popular tampoco, porque, al fin y al cabo, es también cualquier jurado vox populi.

Y, como en otros casos, no puede faltar tampoco aquí la observación lexicográfica. Aparece en el texto del periódico el término «chulapería». Es, sin duda, un sinónimo de «chulería»; sin embargo, hoy no está recogido tal término en el DRAE. Sí está recogido, en cambio, en un diccionario casi contemporáneo del tiempo de celebración del juicio, como sinónimo de «chulería». Es el de José Alemany, publicado en 1917. Después, no habría ni rastro de «chulapería» en ningún diccionario de español.

La sentencia de culpabilidad parecía rondar cada vez más al procesado. Ya, en ese momento, una espada de Damocles pendía sobre su cabeza, una espada de Damocles ¿o quizá una faca?… lista para caer.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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