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Libros, libros y más libros: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Libros, libros y más libros: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Contaré hoy la historia. Pero ocurrió hace más de un año, el 15 de febrero de 2013. Nunca pensé que llegaría ese día, pero llegó. En el fondo, muy en el fondo, sabía que iba a ocurrir, aunque, generalmente, uno se niega a aceptar este tipo de cosas. Son como el Apocalipsis y la Parusía: hay signos, pero no sabemos con seguridad cuándo llegarán. Ha durado este amor treinta y cinco años, aunque hay que reconocer que los últimos han sido ya tiempos de dificultad y de turbulencias. Más que de amor, han sido tiempos de amor y odio, esa pareja incomprensible sin la que a veces no se puede concebir la vida. Ella fue la primera, y no habrá otra como ella nunca más. Puede que no sea la mejor, ni la más despampanante, ni la más deslumbrante, pero fue la primera, y ésa nunca se olvida. Fue la de la inocencia, la del asombro y la del diario y perpetuo descubrimiento. Gracias a ella descubrí la lectura, gracias a ella descubrí los libros y fueron éstos parte de mí. Ella me desveló su gran secreto: las primeras ediciones de Camilo José Cela, publicadas por la Editorial Noguer, de Barcelona, «las inencontrables», como las comencé a llamar a imagen y semejanza de aquella edición de opera wagneriana de comienzos del siglo XX, Les introuvables, «los inencontrables». Nunca pude comprar una de estas ediciones de Cela, el Tobogán de hambrientos,  en librerías de viejo de Madrid; casi siempre estaban agotadas, pero, cuando existía alguna a la venta, alcanzaba un precio tan elevado que era completamente inasequible. Ella las tenía, pero nunca, nunca, las valoró como merecían. Aquello fue solo el comienzo.

Bodegón del Prozac: Pastel al aceite sobre cartulina de José Manuel Cañas Reíllo (1997)

Bodegón del Prozac: Pastel al aceite sobre cartulina de José Manuel Cañas Reíllo (1997)

Después vinieron otras, muchas otras, en una especie de devenir de infidelidades que todavía hoy no ha acabado. Pero aquella primera fue siempre única y siempre será la inolvidable, aunque sólo sea en el recuerdo. Luego vinieron otras, quizá más importantes, más lozanas, mejor dotadas, más complejas y mucho más profusas… quizá más vivas también, y cada día ponían ante mí una infinitud de nuevas percepciones… y también de emociones. Seguí descubriendo mucho más: a Eça de Queiroz, a Magris, a Mauricio Wissenthal, a Pla, a Vargas Llosa y a tantos otros, inolvidables siempre… la esencia del ser y de la vida. Gracias a ella los descubrí.

Pero ella, la primera, cambió; hace años que ya comenzó a no ser la misma, pero no por su culpa. Por supuesto, soy plenamente consciente de que todo cambia, como es propio de la ley natural y que todo evoluciona… y estaba seguro de que ella iba a cambiar, porque aquella burbuja en la que se mantuvo tanto tiempo, entre la irrealidad y el ensueño bajo la vigilante mirada de Cervantes, no podía durar mucho. Son cosas de la vida. Uno espera siempre que la evolución sea a mejor; sería absurdo retroceder ¿para qué? ¿para desandar el camino andado? Pero ella lo hizo, y retrocedió.

El 15 de febrero de 2013, a las 19:15 horas de la tarde, presenté oficialmente mi baja como lector de la Biblioteca Pública Municipal «Alonso Quijano» de Campo de Criptana. Rompí mi historia de amor con ella, después de 35 años. Mi carnet de lector tenía el número 32. Por aquellos años la Biblioteca «Alonso Quijano» era lo que debe ser una biblioteca: celoso guardián de la lectura, santuario de los libros, vigía de la cultura y faro de una sociedad. Hoy es un mero almacén de libros abandonado a su suerte, olvido ingrato… A pesar de todo, ella fue la primera, y no habrá otra como ella, al menos en la memoria. Ya nada es lo que fue… solo el recuerdo permanece. Ella… siempre ella…

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO