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De libros y más cosas: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

De libros y más cosas: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Conté ayer mi historia con ella o, mejor dicho, el final de mi historia con ella; conté ayer mi ruptura y mi infidelidad ¿o fue la suya? Quizá más esto último. La vida te lleva a veces por derroteros insospechados y, lo reconozco, jamás se me pasó por la cabeza que llegaría un día en que dejaría de ser lector, oficialmente, de la Biblioteca Pública Municipal «Alonso Quijano», la biblioteca olvidada, la biblioteca ajada, la biblioteca rica en otros tiempos, antaño inspiradora de lecturas, creadora de mitos, porque, tengo que confesarlo, allí conocí los primeros de mi vida, allí leí las primeras líneas de mi vida, allí descubrí a los clásicos, a esos autores que tendrían que estar presentes, de una manera u otra, en la vida de todos.

¿Qué de bueno puede salir hoy de tal abandono? La esencia de una biblioteca no radica en sus estanterías, ni en sus mesas, ni en sus sillas, y mucho menos, en sus salas de internet por mucho que se presuma de ello, por mucho que las inauguraciones se hagan con pompa y circunstancia, con fanfarrias y ujieres, con panegíricos huecos. La esencia de una biblioteca está en sus libros, y, si ellos no son el centro de una biblioteca, su verdadero espíritu creador, ésta no sirve para nada y, por supuesto, no tiene futuro. Es una lástima que las bibliotecas no sean prioridad… nunca, de casi nadie. Es una lástima que sean siempre lo último, aquello en lo que nadie se fija, aquello que quienes no leen ignoran que existe, y lo seguirán ignorando, por todos los tiempos, porque así ha sido desde que el mundo es mundo. Unos crean bibliotecas, otros las destruyen y se pueden destruir bibliotecas de muchas formas, con el fuego, con la barbarie, pero también con la dejadez, con el abandono, con el olvido, con ese polvo que se va acumulando entre los libros inertes que esperan ávidos que un lector los acaricie con sus dedos, que alguien los abra, y los lea, y que unos ojos se iluminen de emoción.

De más libros: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

De más libros: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Contaba ayer que un día 15 de febrero de 2013 renuncié a mi carnet de lector de la Biblioteca Pública Municipal «Alonso Quijano». Tengo afición a los eufemismos. Digámoslo claramente: no renuncié; rompí mi carnet. Tengo hoy mala conciencia por haber dicho esto ayer. Realmente tendría que haber dicho la verdad. Fue el primer impulso (la naturaleza es en esto incontrolable) romper mi carnet dos días antes. Pero si ya, de por sí, es fatídico este acto, esta renuncia, esta separación, este desamor… ¿Imaginas, lector, qué supondría que, además y para colmo, hubiese sido un día 13? No sé si era martes o no ese 13, pero no importa, la triscaidecafobia sólo se fija en el 13, a veces da igual que sea un martes o un jueves… o un viernes. Pero, seamos sinceros, si se puede evitar ¿por qué no hacerlo? No olvidemos algo: en los aviones no hay fila 13; en muchos hoteles no hay planta 13, ni habitación 13. Si ellos omiten el 13 ¿por qué iba yo a renunciar a mi carnet de lector de la Biblioteca Pública Municipal «Alonso Quijano», la olvidada, la ajada, la despreciada, un día 13? Mal fario sobre mal fario habría sido todo esto, mal fario multiplicado por dos, o por tres o, si nos ponemos bíblicos, setenta veces siete. No tentemos al destino, porque nunca, nunca, nuestras tentaciones caen en saco roto y la venganza es un plato que, ciertamente, puede que se sirva frío, que se demore, pero siempre se sirve, siempre, y el destino siempre se cobra su tributo.

Aquel 13 de febrero iba a ser el día. La reflexión trasladó al 15 el fatídico momento, el suceso triste, aquella ruptura traumática, aquel abandono irreparable porque, nada más se podía hacer cuando una biblioteca más que madre es madrastra.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO