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Madrid, Biblioteca Nacional: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2012)

Madrid, Biblioteca Nacional: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2012)

Son las fechas en las que sitúo el artículo de hoy aproximadas, porque, a veces, el recuerdo es incierto, y no es casi ni siquiera recuerdo, sino fogonazos de imágenes que van y vienen, efímeros, fugaces, pero suficientes para evocar y también para emocionar. Dirás quizá, lector, que no da para tanto la biblioteca, que ya es mucha biblioteca en este blog, que a lo mejor habría que hablar de otros temas. Quizá tengas razón, lector, quizá sería el momento de cambiar de tercio y adentrarnos en nuevos temas. Te lo seguro: no faltan temas de los que hablar sobre la situación de la cultura criptanense, sobre la desesperada situación de la cultura criptanense, la que ya toca fondo…; ni faltan asuntos en los que evocar tiempos mejores ¿Fue cualquier tiempo pasado mejor? No lo sé; a veces sí, a veces no. Es quizá el recuerdo, que todo lo dulcifica, y que conserva lo bueno y olvida lo malo, pero a veces, a pesar de todo, digan lo que digan, el pasado fue mejor. Por ello se evoca y, una vez más, evocaremos la biblioteca.

No me cabe ninguna duda de que, en este caso, los tiempos pasados de la biblioteca fueron mejores. Digo «mejores», no «excelentes», ni «extraordinarios», porque, por desgracia, las bibliotecas casi nunca han disfrutado de estos estados desde la Biblioteca de Alejandría. Es el sino de las bibliotecas: enfrentarse a una eterna crisis de abandonos y olvidos, incomprensión y dejadez.

Y todo esto tiene que ver, de nuevo, como estarás imaginando lector, con la Biblioteca Pública Municipal «Alonso Quijano», ésa de la que ya no soy socio, ésa cuyo carnet de lector ya no disfruto; renuncié a él, porque pude y porque quise, pero sobre todo, porque no quedó otra opción. Uno ya no tiene edad para presenciar decadencias; uno ya no tiene edad para consentir desprecios; uno ya no tiene edad para ver cómo la cultura se derrumba.

De bibliotecas (Göttingen): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

De bibliotecas (Göttingen): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Entré en ella, en la biblioteca, por primera vez hace muchos, muchos años, quizá allá por 1978, o puede que antes, o a lo mejor después. No lo sé. Fue una tarde, una de esas tardes luminosas del final del invierno, una de esas tardes de escuela hasta las cinco, más la hora de permanencia, hora de repaso, y luego de merienda, a lo mejor pan con chocolate, ese pan que, si caía por casualidad al suelo, se volvía a coger, y se soplaba sobre él, y se le hacía la señal de la cruz, y se comía, porque el pan era de Dios. Fue la primera vez la de aquélla tarde de finales de invierno, una de esas tardes luminosas. Fue el gran descubrimiento; por primera vez mis pies pisaban una biblioteca, por primera vez mis pies pisaban un templo de la lectura. Nunca pensé que aquel acontecimiento marcaría tanto mi vida, porque, desde entonces, no ha habido en ella un solo día sin libros, ni una hora sin libros, casi, diría, ni un minuto sin libros. Recuerdo que me quedé deslumbrado. Nunca había visto tantos libros juntos, tan ordenados en sus estanterías, con sus lomos de letras doradas. Me pareció ingente la Gran Enciclopedia Espasa Calpe. Nunca había visto una colección tan grande, tan heroica; casi cien volúmenes, o quizá más, contando los índices. Tantos y tantos libros; nunca había visto tantos juntos. Me pareció mentira. Me costó recuperarme de la estupefacción del momento.

Naúpaktos / Lepanto (Grecia): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Naúpaktos / Lepanto (Grecia): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Ocupaba entonces la biblioteca el antiguo local de la Falange, en la calle de Santa Ana, junto al lugar que había ocupado durante muchos años el Casino de la Concordia. Dos grandes ventanales dejaban entrar la luz tibia de la tarde, dos grandes ventanales a la calle. Había entonces un gran armario fichero de madera, y en él todas las referencias bibliográficas, ordenadas. Es, quizá, lo que más echo de menos en las bibliotecas de hoy: los ficheros de papel, el continuo pasar fichas en busca del libro deseado, o en busca de una sorpresa, o de aquel libro desconocido pero, que, posiblemente, podría aparecer de un momento a otro. Por autores, por materias, por títulos… así eran aquellos ficheros de otros tiempos. Los echo mucho de menos. Hoy la mayoría de las bibliotecas los han sustituido por catálogos digitales; no digo que esté mal; tiene también sus ventajas. Pero su existencia no tiene por qué excluir a los tradicionales, a los de toda la vida. Tenía también aquella biblioteca una cabeza de Cervantes, y, por todas partes, recuerdos de historias cervantinas, y un cuadro molinero de Vázquez, cuadro que estuvo toda la vida por allí, desde que el mundo es mundo no diré, pero sí muchos años. Era aquella biblioteca especialmente cervantina, no porque todo fuera obra de Cervantes, sino porque todo recordaba a Alonso Quijano, todo evocaba a él, tanto, tanto, que parecía que fuese a salir de un momento a otro el personaje de la puerta del fondo, la que daba al patio, la que daba a los baños. Aquella biblioteca era cervantina; la de hoy, no sabría decirlo de tan indefinida como es, de tan impersonal, de tan vacía de contenido. La de entonces invitaba a la lectura, a la reflexión, a quedarse en ella durante horas y no salir de allí hasta no haber acabado completamente el libro, o los libros, porque las tardes daban para mucho. La biblioteca de hoy, invita, como mucho, a echar a correr y no parar, y no parar, y no parar… hasta que la infinitud de la lejanía se acabe. Treinta y pico años de olvido son muchos, demasiados, tantos, que no reconozco en esta biblioteca la que yo conocí. Aquella no era perfecta, pero fue la primera. Los tiempos cambian, pero no siempre para mejor y todavía, en mis sueños, entro en aquella biblioteca, y veo aún sus mesas y sus sillas de entonces, y busco en su fichero de papel, y me contempla la cabeza de Cervantes y me habla, y me dice: «Lee, lee…». Y yo leo, y leo, y leo…

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO