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Un molino: Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Un molino: Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Volvemos hoy a los tiempos fundacionales del mito de la Ruta del Quijote, que encontraría su plasmación más firme en la obra de Azorín. Fueron muchos los viajeros que a lo largo del siglo XIX dieron forma a una posible ruta del Quijote, o, como se podría decir de otra manera, a la persecución de los ensueños de don Quijote, porque, creo, más que una ruta hay que hablar de una aventura y, como suele ocurrir en las aventuras, el tiempo y el espacio no tienen por qué atenerse plenamente a la realidad. Fue, precisamente, con la inauguración de la línea del ferrocarril a su paso por Campo de Criptana cuando este “cervantismo aventurero” comenzó su periodo de esplendor y fueron muchos los viajeros franceses que en tren llegaron a la estación criptanense. Era posible, a partir de 1855, hacer el viaje de tren en tren desde París hasta Criptana dejando atrás los incómodos viajes en diligencia por polvorientos e inseguros caminos.

Uno de estos viajeros ilustres fue el francés, nacionalizado estadounidense, Augusto Floriano Jaccaci. A él debemos una de las rutas del Quijote más originales que conocemos, aunque, bien es cierto, a su percepción de la realidad incorpora mucho de la visión costumbrista que de la España del XIX había en Europa por aquel entonces. Del viaje de Jaccaci por La Mancha y de su paso por Campo de Criptana ya hemos hablado en alguna otra ocasión, en especial en referencia a su percepción del paisaje manchego a sus impresiones sobre las posadas de La Mancha o a algunos episodios sucedidos a su paso por la Sierra de los molinos, como el del encuentro con el aguador (véanse: Viajeros en Campo de Criptana: Augusto Floriano Jaccaci, el paisaje y el pueblo, 1890; Posadas de Campo de Criptana: El testimonio de Augusto Floriano Jaccaci, 1890; Viajeros en Campo de Criptana: Augusto Floriano Jaccaci y el aguador, 1890).

Otro molino: Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo 2014

Otro molino: Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo 2014

Hay, sin embargo, algo especial en el viaje de Jaccaci: su particular percepción de los molinos de viento. Volvemos, pues, a la fuente, su libro de viajes, publicado en inglés con el título On the Trail of Don Quixote, Being a Record of Rambles in the Ancient Province of La Mancha (Nueva York 1896) con ilustraciones de Daniel Urrabieta Vierge que, recordemos, estuvo a finales del XIX en Campo de Criptana y aquí tomó algunos apuntes e hizo dibujos, algunos de los cuales irían después a parar a la Hispanic Society de Nueva York. La versión francesa se publicó en París, Hachette et Compagnie, en 1901, también con las ilustraciones de Urrabieta; la traducción española, a cargo de Ramón Jaén se publicó en 1915 con el título El camino de Don Quijote. Por tierras de La Mancha.

Dos molinos: Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Dos molinos: Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

La lectura de los pasajes sobre Campo de Criptana, sea cual sea la versión que utilicemos (seguiremos ahora la francesa de 1901, pp. 142-146, porque es la que tenemos a mano), nos desvela la inmensa sorpresa que para un viajero cosmopolita como era Jaccaci supuso hallarse, de repente, en el lugar en el que cuenta la novela del Quijote que el caballero se enfrentó a sus gigantes particulares (véase: Viajeros en Campo de Criptana: El escritor americano Augusto Floriano jaccacci y los molinos de viento, 1890). Digamos en primer lugar que el nombre de “Criptana” aparece deformado en la obra, “Crijitano”, quizá por un error de lectura de un texto escrito a mano o porque el autor entendió mal el nombre del pueblo que algún criptanense le dijera al preguntarle él dónde se hallaba.

Es esa Sierra de esos molinos criptanense y son esos molinos criptanenses el escenario de la lucha del “pauvre Don Quichotte”. No le parece a Jaccaci que Don Quijote estuviera loco o, al menos, que estuviera tan loco, puesto que, según nos dice, la primera vez que uno se encuentra ante esa formación de molinos lanzados de forma irregular sobre la cresta de la colina no puede evitar la estupefacción (o quizá también el pavor, añadamos nosotros). No es habitual hoy ver a los molinos con sus aspas en movimiento; imaginemos, sin embargo, en la época de Jaccaci, o también en la de Don Quijote, a esos magníficos ingenios que giran y giran frenéticamente al son que canta el viento mientras hacen un ruido estremecedor. ¿Loco Don Quijote? Quizá no, no le parece a Jaccaci que estuviera tan loco.

Varios molinos: Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Varios molinos: Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Hay una observación importante en las impresiones de Jacacci: hay que vivir en La Mancha para comprender su inmensa variedad de caracteres, de descripciones y de lengua. Añadamos también nosotros el paisaje, porque en muchas ocasiones Jaccaci, como fiel observador de la naturaleza pasada por el tamiz de la literatura y del arte, hace de él el verdadero protagonista de sus historias y, sobre todo, lo convierte en auténtico teatro de las aventuras de Don Quijote. ¿Loco don Quijote? A lo mejor el único cuerdo…

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO