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Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Recordamos que en pleno fragor de la crisis consistorial que como si de un virus se tratase atacó al Ayuntamiento criptanense aquel mes de enero de 1896, entre otras muchas renuncias y dimisiones tuvieron también lugar las de los médicos titulares Enrique Alonso y Florentino Isern (véase: La crisis consistorial… también los médicos, Campo de Criptana 1896). Se nombró para cubrir estas vacantes a tres médicos interinos que comenzarían su trabajo a partir del 1 de febrero de ese año. Fueron éstos Santiago Vallejo, José Joaquín Sánchez Villacañas y Santiago Granero.

Pocos días después, sin embargo, el nuevo alcalde Justo Alonso publicaba un concurso para estas tres plazas vacantes. La convocatoria está fechada el 8 de febrero, y se publicó el día 14 en el Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real. Dice así:

Hago saber: Que hallándose vacantes tres plazas de Facultativos municipales de dicha villa, con la dotación anual de 999 pesetas cada una, para la asistencia de 600 familias pobres, que han de proveerse conforme á lo dispuesto por Real decreto de 14 de junio de 1891, para servirlas cuatro años; la Junta Municipal ha acordado abrir concurso entre los Sres. Licenciados en Medicina y Cirujía que deseen solicitarlas.

La presentación de instancias con los documentos justificativos de capacidad profesional y cédula personal se debían presentar en la secretaría del Ayuntamiento en el plazo de treinta días a partir de la fecha de publicación de la convocatoria en el Boletín. Seguía, pues, coleando esa crisis de enero en la corporación. Recordemos que por aquel tiempo los servicios médicos estaban en manos del Ayuntamiento.

Campo de Criptana en la tranquilidad y la infinitud: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Campo de Criptana en la tranquilidad y la infinitud: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

A lo mejor, con esto, volvía la paz de nuevo a la corporación criptanense, regresaba el sosiego necesario para la buena administración de las cosas y para que la burocracia se multiplicase desenfrenadamente fruto de esa incesante y apasionada pasión del informe por la instancia, de la instancia por el impreso, siempre en entregado amor pecaminoso en la intimidad de la fotocopiadora… Vaya usted a saber qué hacen esos papeles cuando nadie los ve. ¿Qué seria del ciudadano sin la burocracia? ¿Qué sería, sin la burocracia, de la administración? Burocracia… ese obscuro objeto del deseo… y desdicha del feliz e inocente ciudadano que aún, ingenuo, se cree que la administración vela por su bien. Beatus ille…

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO