Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Día gris: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2009)

Día gris: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2009)

Es asombroso cómo hay que recuerdos ocultos en el baúl de la memoria durante años, sin que afloren, y, de repente con una pequeña imagen, con un pequeño objeto, con una luz, o con un color, se desencadenan en tropel como un torrente salvaje. No sé por qué, un día indeterminado, a una hora indefinida, en un momento que no puedo precisar, este torrente del recuerdo se desencadenó. Y de repente imágenes de todos aquellos mercados del pasado, de esas “plazas”, comenzaron a venir a la mente, ininterrumpidamente, unas tras otras, varias a la vez, como atropellándose. Y recorrí todas aquellas imágenes que, a modo de fotogramas, proyectaban una película del pasado.

Días grises y lluviosos, nubosos y plomizos. No sé por qué, lo decía, ayer, la mayor parte de los recuerdos que tengo son de días así. Reconozco que me siento predilección por esos días, antes que por los días soleados. Hay una razón: en un día gris y plomizo da igual que sean las diez de la mañana, las dos de la tarde o las cuatro. Da igual, no hay diferencias. Sin la luz del sol uno no sabe muy bien en qué momento del día está, ni si el día va o viene. Parece, pues, que el tiempo se para, y que con él la tierra y el sol se detienen. A lo mejor también se para algún reloj, pero esto ya es hipótesis indemostrable. Es en esos días, precisamente, esos días grises, sobre todo de invierno, como decía ayer, cuando quizá más parece que la eternidad es tangible.

Día de sol: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

Día de sol: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

También es de un día lluvioso el recuerdo de la “plaza” en otro lugar, en otro tiempo. Creo que ya eran los años ochenta. Otra vez se cambió la ubicación de la “plaza”. Siempre digo que el mercado, la “plaza” criptanense, es culo de mal asiento. No sé por cuántos lugares ha pasado antes de llegar a ese lugar indeterminado en el espacio y el tiempo en que se celebra hoy, ese lugar al otro lado de la N-420, donde, como digo siempre, Criptana deja de ser Criptana para convertirse en polígono. Creo que los polígonos son como una tierra de nadie; no son pueblo y no son campo, son cosa extraña e indeterminada e imposible de definir, como especie animal o vegetal sin catalogar. Podría ser peor; podrían las autoridades llevarse el mercado más lejos. No tentemos a la suerte. Podría acabar algún día en parajes más lejanos, en la Cañamona, al otro lado del ferrocarril, en San Isidro… Nunca se sabe. Los designios consistoriales son inescrutables, más o menos tan inescrutables como las sendas del Señor.

Mucho más cerca estuvo este mercadillo allá por los años 80. Se montaba en la actual avenida de Sara Montiel, en una calle, calle larga, mercadillo largo, con árboles a los lados. Era mercado colorista, mercado coqueto, mercado pizpireto, incluso. No sé cuantos años estuvo allí. Pero tampoco duró mucho. Pasó después a otro lugar, inhóspito como pocos. No hay nada más inhóspito que esas explanadas asfaltadas, güeras de todo, que los ayuntamientos a veces dejan en las telarañas callejeras, como si de agujeros negros urbanísticos se tratase. Uno no sabe muy bien para qué sirven, pero dan imagen de desolación, de desierto, de vacío angustioso. A lo mejor esto es sensación mía. El horror vacui es así. Y comoya no me acuderdo de más cosas de ese mercado, acabamos aquí el artículo de hoy, esperando que mañana fluyan con algo más de consistencia los recuerdos, que, como ya se sabe, vienen cuando quieren y cuando no quieren venir, pues no vienen.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO