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Así de verde: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2010)

Así de verde: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2010)

Así, como quien no quiere la cosa, nos hemos ido saliendo del pueblo en los últimos días, a la vez que el mercado, o la “plaza”. Es el periplo del mercado, o de la “plaza”, más o menos, como una travesía por el desierto, de un lado para a otro, total, para acabar en un polígono industrial. Y precisamente es esto lo que me trae, en esta ocasión, más recuerdos. Lo decía uno de estos días: unos recuerdos arrastran a otros, y otros a otros, y así hasta el infinito. Los recuerdos son así, una cadena interminable de imágenes y evocaciones sin final y sin principio. Ni “alfa” ni “omega”.

El lugar en el que hoy se planta el mercado, o la “plaza”, nada tiene que ver con el paisaje que allí hubo hasta no hace muchos años. Un día comenzaron a llegar los camiones de hormigón y asfalto y vaciaron allí toda su carga hasta dar forma a ese polígono, ese ferial, que así se llama aunque nunca comprenderé por qué.

Hasta hace muchos años la N-420 era allí la última frontera y más allá no tenía límites la mirada, sólo la llanura, y más llanura, los inmensos trigales, aquellos inmensos barbechos rojos, de un rojo subido, como pocos rojos hay en el paisaje, como sólo de roja puede ser la tierra que rodea a Campo de Criptana por el sur. Había allí un arroyo. Era lo último quedaba del viejo Caz. Ese arroyo transcurría bajo tierra durante un largo recorrido, y allí salía a la luz, y seguía su camino hacia el sur, y digo, yo, iría buscando el mar, que es lo que hacen todos los arroyos y todos los ríos.

Había por aquellos lugares restos de edificaciones, quizá una antigua granja, o casa de campo, y quedaban aún sus cercas de travesaños de madera. En primavera todo era verde, de un verde rabioso, y había, como debe ser en La Mancha, muchos cardos, altos, verdes, con sus flores violetas o malvas. Aquel verde era una alfombra, un terciopelo suave bajo la luz del sol. Verdes como aquel había pocos en por aquel entonces. Lo mejor era que a un lado de la N-420 estaba la civilización; al otro el campo, lo agreste, lo salvaje de la llanura manchega. Tenía su encanto. Como paisaje, y esto no tiene discusión, era más hermoso que un polígono, que este polígono que rodea a Campo de Criptana, que como ya he dicho en alguna ocasión, es como un gran cinturón de castidad de cemento gris. Donde se ponga un campo verde, con su arroyo, con la infinitud de la llanura al fondo, que se quite todo lo demás.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO