Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

El ascenso a la ciudadela: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

El ascenso a la ciudadela: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Hacíamos ayer la primera apostilla o glosa a un episodio increíble en la historia de la caída de Certima. Nos contaba Tito Livio (en versión española de Miguel Cortés) que los asediados habían solicitado de los asediadores permiso para ir a buscar refuerzos. Por supuesto, como decíamos, esto es lo nunca visto en materia bélica. Dudábamos por ello de su verosimilitud, y pensábamos que quizá se tratase de una reelaboración literaria del autor romano en una época en que leyenda, historiografía y panegírico se fundían tan perfectamente que era casi imposible discernir qué era qué. De “infantilidad” tachaba el proceder de los celtíberos de Certima Pedro Planas en su artículo titulado Paralelismo entre las instituciones fundamentales de la sociedad céltica e ibérica (continuación) que se publicó en la Revista de archivos, bibliotecas y museos, año XXVI, Octubre a Diciembre de 1922, núm. 10, 11 y 12 (págs. 562-611), pág. 587, nota 1. Veamos hoy la segunda apostilla.

Las fogatas de Certima

Cortés (1836), pág. 124:

Los vecinos de esta [Certima] viendo que en vano clamaban por socorro con fogatas que hacian desde las torres, como habian convenido por señal de verse apurados, desesperanzados de la única esperanza se rindieron.

[Véase: De Alces a Certima, Campo de Criptana 1836, II]

Las torres de la fortaleza: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Las torres de la fortaleza: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Planas (1922), pág. 587, nota 4:

Esta notable circunstancia de las fogatas, encendidas en las torres que flanqueaban los altos muros de Cértima, denota por una parte lo bien fortificada que estaba esta ciudad, y por otra que nuestros buenos celtiberos conocían ya el telégrafo óptico aunque en su grado muy rudimentario. De ahí, naturalmente, se desprende y confirma lo de la confederación politicosocial susodicha y el hecho de que las señales de esta ciudad celtibérica habían de ser vistas por otras ciudades de la misma región. Si en esta ocasión no fueron obedecidas conforme al pacto nacional, débese al temor que infundían las legiones de Sempronio. De ahí se desprende también que el campamento celtibérico, de que antes Livio nos ha hablado, no había de distar. Aquellos fuegos eran un grito de desesperación y un ¡ay! de la independencia celtibérica en inminente peligro.

Ésta era, pues, la finalidad de las fogatas: Un medio de comunicación que podía servir, entre otras cosas para pedir auxilio. Nos dice Planas que no surtió efecto, por el “temor que infundían las legiones de Sempronio”. Debemos recordar que poco antes los “embajadores” enviados por los celtíberos para apoyar a los de Certima en su parlamento con Sempronio Graco habían quedado deslumbrados ante el despliegue militar romano (Planas, pág. 587):

… manda [Sempronio Graco] a los tribunos de los soldados que ordenen todas las tropas de a pie y a caballo, presentando un simulacro de batalla. De resultas de tal espectáculo, los embajadores enviados (por los celtíberos) disuadieron a los suyos de socorrer a la ciudad sitiada.

La ciudad fuerte: Foto de José Manuel Cañas reíllo (2013)

La ciudad fuerte: Foto de José Manuel Cañas reíllo (2013)

Dejaron entre unos y otros, pues, a Certima sola, y Certima cayó, casi sin un ruido, casi como quien no quiere la cosa, de forma discreta y tranquila. Poco podían imaginar los demás celtíberos que pronto les tocaría a ellos en suerte la rendición. Obsérvese que Planas considera el nombre de la ciudad palabra esdrújula, “Cértima”, en lugar de llana, como es normalmente considerada, “Certima”. Nos vuelve a llamar la atención la consideración de Certima como plaza fuerte, con sus torres y altos muros, y poderosas fortificaciones, y poco antes, en la pág. 586, se nos dice que Certima era una “poderosísima ciudad”. Es, no lo olvidemos, la imagen que Tito Livio nos da de ella, pues la define como praeualidam, “muy fuerte” o “muy poderosa” en una ocasión y en otra se refiere a ella como oppidum, es decir, “plaza fuerte”.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO