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Comenzamos, como decíamos ayer, el relato Abismo de sangre cuyo autor es Vicente Martínez Santos. He aquí, pues, el capítulo I, titulado “Jacinto”.

Capítulo I

JACINTO

El recuerdo luminoso: Foto de José Manuel Cañas Reílo (2014)

El recuerdo luminoso: Foto de José Manuel Cañas Reílo (2014)

A sus noventa y muchos, Jacinto Miralla no es más que un montón de huesos mal avenidos. Hace tiempo se le cerraron los oídos; los ojos se le han enturbiado y las piernas no lo sostienen. No le sorprende su debilidad; está acostumbrado desde hace más de cincuenta años, desde aquella noche fatal, a soportar su condición de ser frágil y vulnerable. No hace todavía muchos años le gustaba sentarse en el poyo que había junto a la puerta de la tienda. Allí se entretenía viendo el ir y venir de la gente, hablando a veces con unos u otros. Ahora ya no existe el poyo y la tienda, la vieja mercería, se ha transformado bajo la iniciativa de su nieta Jacinta en tienda, —ni siquiera le llaman tienda sino boutique— de ropa a la moda. La calle no es tampoco el apacible y tranquilo lugar de antes, sino un incesante fluir de automóviles que van presurosos de acá para allá. Como el longevo Jacinto ha sobrevivido a todos los de su generación, no tiene con quién hablar porque a sus noventa y muchos vive en un mundo que ya ni comprende ni es el suyo.

Parece que fue ayer...: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2009)

Parece que fue ayer…: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2009)

El único refugio que todavía le queda, además del vetusto sillón donde lo depositan cada mañana, es el del recuerdo, y aun éste resquebrajado, repleto de rincones inaccesibles a la memoria. Pero al menos conserva uno bien iluminado, aunque no luminoso, que aflora de modo recurrente no ya a la superficie de la memoria, sino ante sus débiles ojos; es capaz de verlo como si de una película se tratase incluso si los cierra. Ese recuerdo, más vivo y punzante que el de cuando enviudó —la pobre Águeda, con lo buena que era—, lo conduce a desempolvar otros relacionados con aquel. Como sabe que su tiempo se agota, vuelve una y otra vez a los mismos hechos buscando quizá un resquicio por donde hallar una salida distinta de la que tuvieron, como si el pasado pudiera modificarse igual que se corrige una palabra mal escrita; total bastaba con haber dicho un sí donde dijo un no, o un no donde dijo un sí. A veces, cuando rememora esos episodios, los musita en voz baja, apenas audible; y casi siempre la reviviscencia de todo aquello, sucedido hace tantos años que nadie más en el pueblo lo recuerda, termina en sollozos, en lágrimas que resbalan por los profundos surcos del rostro, se agolpan en la barbilla y acaban goteando sobre el pantalón. Luego, tras el llanto, se adormece, como si se hubiese liberado de una pesada carga. ¿Cuál? ¿Por qué esa pesadumbre?

VICENTE MARTÍNEZ-SANTOS YSERN

Continuaremos mañana con el capítulo II: “Los hechos”. El autor nos sumergirá en un viaje al pasado, en unos acontecimientos que quedaron grabados en el recuerdo del protagonista del relato. Poco a poco, los hechos irán aflorando… pero no contemos más, no descorramos el velo que esconde la historia, quede el secreto sin desvelar hasta el momento oportuno. Todo a su tiempo. Mañana será otro día. [NOTA DEL EDITOR]