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Otro motivo y otra escena. Eso encontraremos hoy en el capítulo V de Abismo de sangre. Cada historia es como una cebolla, para llegar al núcleo, a la esencia, de la cebolla y de la historia, hay que ir quitando capas en la cebolla, contando cosas en la historia. Nos vamos acercando al núcleo y van pasando ante nuestros ojos como fotogramas las diferentes capas de esta trama. Dicen que cuando uno está moribundo pasa su vida ante uno como en una película, que a lo mejor es una tragedia, o es una comedia, o ninguna de las dos cosas. Digo yo que, ya que es la última sesión, tendría uno que poder elegir y, antes que con la película de la vida de uno (que uno ya se la sabe al dedillo), uno se queda con Faldas y a lo loco que es más llevadera. Quitemos, pues otra capa de la historia, que para eso estamos aquí.

Capítulo V

NEGOCIOS

La propiedad: Acuarela, tinta china y tintas de colores por José Manuel Cañas Reíllo (1996)

La propiedad: Acuarela, tinta china y tintas de colores por José Manuel Cañas Reíllo (1996)

Jacinto Miralla siente profunda antipatía hacia Aristeo Villada; le parece poca cosa para admitirlo como yerno, un simple herrero.

Además tampoco es un secreto que el muchacho va de vez en cuando por la Casa del Pueblo. Y eso, para quien secretamente sueña con ser el primer alcalde republicano, es motivo de seria desconfianza. ¿Cómo va él a compartir mesa y mantel con un admirador de Francisco Largo, que de caballero no tiene más que el nombre? Diferencias políticas aparte, aunque nunca las menciona, existe una razón de más peso.

Y es que no se sabe muy bien cómo, pero Jacinto Miralla va comprando tierras, hoy un viñedo, mañana un olivar, luego una huerta, y su hacienda va engordando poco a poco, como sus pretensiones de figurón. La gente no se lo explica porque el negocio de la mercería no puede dar para tanto. Pero él sí sabe cómo lo hace.

Un día, hace de esto por lo menos diez años o más, su amigo Apolonio Minglanilla vino a la tienda. Apolonio es una especie de correveidile, sin oficio ni beneficio, un carlancón que siempre está cotilleando por la plaza, por la barbería, por las tabernas, por las tiendas, enterándose de todo, aprovechando bien su labia inagotable. Sabe la vida y milagros de todo el mundo. No da golpe y vive sin apuros, pero sin ostentación, de sus rentas. Malas lenguas insinuaron alguna vez que practica la usura en pequeña escala, discretamente, pero nunca se ha podido probar; al contrario, tenía fama de limosnero y se le veía por la iglesia los domingos. Apolonio es, cómo no, muy popular.

— Hombre, Polo, ¿qué te trae por acá?
— Quería hablar contigo.
— Pues habla, hombre, habla.
— Aquí no; es algo muy particular.

Pasaron a la trastienda. Apolonio estaba raro, como receloso; le costó plantear abiertamente la cuestión.

— Se trata de Firmino Medrano.
— ¿Y qué le pasa a Firmi?
— Verás. Tú ya sabes cómo va el negocio del vino, que cada día se ponen más viñas, y hay más bodegas, y hasta vienen forasteros que lo quieren hacer ellos solos, que como nos descuidemos el pueblo será de ellos…
— Lo sé, lo sé; lo que no sé es dónde carajo quieres ir a parar. Habla de una vez, hombre.
— Pues la cosa es que Firmino quiere alquilar la bodega de Carrasco, que él está muy viejo y la tiene abandoná y como no tiene hijos, pues no le saca provecho.

Tierras: Dibujo a tinta por José Manuel Cañas Reíllo (1999)

Tierras: Dibujo a tinta por José Manuel Cañas Reíllo (1999)

Pero esa bodega está puesta a la antigua y Firmino quiere ponela como se ponen ahora, que ya no pisan la uva en el jaraíz, sino con prensas mecánicas, con letricidá y todo eso, ¿sabes?

— ¿Pero qué pinto yo en todo eso?
— Pues a eso voy. Resulta que el chico no tiene capital suficiente para poner en marcha su proyecto. El otro día, que me explicó el asunto, va y me dice…, dice ¿tú no me podrías prestar algo para empezar? Con ocho o diez mil duros me apaño. Hombre, Firmino, le digo yo; digo, es que eso son muchos cuartos. ¿Por qué no pides los dineros al banco? Y va y me dice porque menudos son esos, que a más de los intereses, me piden avales y garantías que no tengo.
— ¿Y qué quiere, que lo avalemos nosotros? ¿Qué seamos nosotros los que se queden en la cuerda floja si el negocio no rinde? Menuda cara la del Firmi de los cojones.
— No es eso, Jaci, no es eso. Firmino ha estudiao mu bien el asunto y calcula que una bodega moderna, con maquinaria moderna, comprando la uva a precios mejores que los de la cooperativa, que atraería mucha clientela, puede amortizar los gastos en tres o cuatro años. Total, que yo he pensao que si tú y yo ponemos los dineros haríamos negocio redondo.
— No te entiendo, Apolonio, no termino de ver dónde esta la ganancia nuestra.
— Piensa un poco, hombre. Si le prestamos nosotros, que nadie se tiene que enterar, y así estamos limpios del qué dirán, por ahí ganamos porque, digo yo, algún interés aunque sea poco, alguna garantía tenemos que pedile. Y si la cosa no funciona, también ganamos, porque la bodega sería nuestra y así modernizá la venderíamos bien; a más que Firmino tiene por ahí una tierrecilla que no vale ná, pero que yo sé que allí hay agua y se podría sacar agua de un pozo pa regar y convertila en güerta.

Campos (Vista parcial del cuadro "Paisaje de la llanura"): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Campos (Vista parcial del cuadro “Paisaje de la llanura”): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Jacinto acabó entrando en el negocio. Y así comenzó su vida secreta; ni siquiera Águeda lo sabía. Apolonio es el testaferro que da la cara, el que negocia los préstamos discretamente, el que le pasa los billetes al desesperado que ha perdido la cosecha por un pedrisco, o al desgraciado en apuros por los gastos de una enfermedad inoportuna, a quien por cualquier circunstancia indeseable se halla apremiado por las deudas. Los beneficios se los reparten en proporción a lo que cada uno aporta. Y todos contentos. Por eso crecía poco a poco la hacienda de Jacinto y con ella, sus pretensiones.

VICENTE MARTÍNEZ-SANTOS YSERN

Otra capa más. Poco a poco las piezas van encajando y la imagen de un recuerdo va surgiendo. Nos tiene el autor ya en un sinvivir… estamos ansiosos, esperamos ver qué ocurrirá en el próximo capítulo. Continuará mañana todo con el capitulo VI. Y digo yo que escenas como la de este capítulo no pasan nunca de moda. No podemos decir en este caso esa expresión que parece a veces fluir lentamente de los labios (a lo mejor con un poco de nostalgia, que nunca está de más, y algún que otro suspiro de resignación), “parece que fue ayer”; más bien diremos “parece que es hoy” o “parece que es mañana”. Los tiempos cambian que es una barbaridad, otras cosas no, otras cosas han sido, son y serán siempre igual. ¡Qué cosas! [NOTA DEL EDITOR]