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Llegó la hora de la verdad, aunque la verdad a veces falta a su cita. Eso de “la hora de la verdad” suena rimbombante, a título de película de venganzas de esas que se sirven frías, de abismos de insondables e inalcanzables justicias  e injusticias profundas. Pero no siempre todo es lo que parece. La verdad se oculta a veces y se disfraza de lo inesperado. Veamos ya el capítulo VIII, último de la novela Abismo de sangre.

Capítulo VIII

EL PROCESO

Abismos: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2006)

Abismos: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2006)

La vista de la causa contra Aristeo Villada ante un jurado popular se celebró en la Audiencia provincial quince meses después del crimen. Pesaba sobre él la acusación de asesinato con las agravantes de premeditación, alevosía, nocturnidad y despoblado. El fiscal pedía la pena de muerte para el acusado. Pero en el curso del proceso las pruebas alegadas por la acusación resultaron menos concluyentes de lo que la vox populi creía.

El relato del fiscal se basaba en aserciones cuya veracidad debía probarse en el juicio. Afirmaba el fiscal que la noche del veinticinco de abril del pasado año el acusado, Aristeo Villada, se había ocultado en el cebadal sito a medio quilómetro de la estación. Allí aguardó la llegada de Jacinto Millara. Saltó súbitamente ante él esgrimiendo la pistola y cuando se percató de que la víctima tenía a su vez un revólver, le disparó sin advertir que su novia, Magdalena Miralla, se había interpuesto en la trayectoria del disparo. Al verla caer, enfurecido por su error, volvió a disparar sobre Jacinto, al que ahora sí logró alcanzar, mortalmente según creyó y deseaba él.

En el camino (Vista parcial de "Camino de árboles"): Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

En el camino (Vista parcial de “Camino de árboles”): Dibujo de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

¿Por qué se comportó así el acusado? Porque entre él y el padre de su novia existía profunda enemistad, dado que se oponía a la relación amorosa entre ellos, enemistad que era de sobra conocida en el pueblo. Según constaba en las declaraciones de numerosos testigos que oyeron la discusión entre Jacinto y Aristeo en una taberna de la localidad, éste advirtió a su víctima que había entre ellos “un abismo de sangre”, abismo que finalmente se colmó la noche de autos. Esa amenaza era del todo coherente con el carácter jactancioso, bronco y pendenciero del acusado, que había tenido varios encontronazos con otros conciudadanos y confirmaba, según el fiscal, la premeditación con la que actuó sin piedad aquella noche.

El abogado defensor, por su parte, insistió en el hecho de que no se había encontrado el arma utilizada por el presunto asesino y no había huellas. Recordó la declaración de los padres de Aristeo, que juraron decir la verdad cuando aseguraron que su hijo no salió de casa aquella noche, que todavía estaba convaleciente del catarro que contrajo al salir de la taberna bajo la lluvia el día de la discusión. Recordó también que Jacinto Miralla, como acreditaba el testimonio de otros testigos, había insultado gravemente al acusado, que le había llamado “canalla” y le había asegurado que, si seguía molestando a su hija Magdalena, habría llegado “al último momento de su vida.” Por tanto, incluso suponiendo que hubiese sido Aristeo quien se ocultó en el cebadal, lo que estaba por demostrar, no se puede excluir la eximente de legítima defensa cuando vio que Jacinto le apuntaba con el revólver.

Desfilaron luego ante el tribunal numerosos testigos, convocados unos por la acusación y otros por la defensa. Sus declaraciones o bien ninguna luz aportaron al esclarecimiento de los hechos, o bien se neutralizaron unas con otras. Las de quienes acudieron al lugar del crimen alertados por los gritos de Mercedes pidiendo ayuda —así, la de José María, el vigilante de la estación; o la de Marciano Higueras que se hallaba en la estación; o la de Silvino Henarejos, que también caminaba hacia la estación y oyó las dos detonaciones muy seguidas— coincidieron en un punto crucial, que el lugar de los hechos estaba muy oscuro, afirmación de la que cabía deducir que resultaba imposible identificar el rostro del asesino ni ver qué llevaban en la mano unos u otros; en consecuencia, ni el asesino pudo ver si su víctima empuñaba un revolver, ni ésta ver la pistola del agresor. Todos llegaron al lugar de los hechos cuando éstos ya se habían producido; todos aseguraron que no vieron ningún arma.

La declaración de Mercedes puntualizó, no obstante, que ellos, es decir, su hermana, su padre y ella misma, deslumbrados por la linterna que llevaba el agresor, no pudieron verle la cara y que ella, con el susto, no recuerda si su padre sacó un revólver. Lo único que recuerda es que el asesino saltó de pronto ante ellos y que disparó sin más contra su padre y al cabo de un minuto más o menos, o lo que a ella le pareció un minuto, disparó sobre su hermana.

Luego respondió lloroso y titubeante Jacinto Miralla. Dijo que, incluso sin ver la cara del asesino, creyó reconocer la voz de Aristeo, dato no aportado por nadie más. Corroboró la tirantez —dijo “tirantez”, no enemistad— con Aristeo Villada a raíz de su oposición al noviazgo de su hija con el acusado. Para justificar su actitud confesó que se hallaba arreglando el compromiso matrimonial de Magdalena con el hijo mayor de don Fulgencio Sigena. Pero que pese a sus discrepancias con Aristeo nunca lo había amenazado.

El camino en las afueras (Vista parcial del cuadro "El Camino"): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

El camino en las afueras (Vista parcial del cuadro “El Camino”): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

No fue eso lo que atestiguaron otros testigos. Aunque de manera imprecisa, “he oído decir”, “me dijeron”, hubo varios que aseguraron saber que Jacinto perseguía al acusado, que lo amenazó, que lo habían oído decir que lo mataría. Y todos estuvieron conformes en corroborar las discusiones entre padre e hija. Marcela, la amiga de Mercedes en cuya casa se refugió al menos durante tres días cuando Jacinto la echó de casa, refrendó tales hechos y declaró que fue gracias a ella como los enamorados intercambiaron varias cartas.

Y don Fulgencio, de mala gana, no tuvo más remedio que testificar a propósito de lo dicho por Jacinto Miralla. Dijo que ignoraba todo lo relativo a las desavenencias entre Jacinto y Aristeo; que ignoraba también las relaciones entre el acusado y la pobre Magdalena; que ciertamente él y Jacinto habían hablado acerca del posible matrimonio entre su hijo y “esa” muchacha. Y, por último, a preguntas del señor Juez, algo sorprendido por esa posibilidad pese a las bien conocidas diferencias ideológicas entre el testigo y su potencial consuegro, aseguró que Jacinto le parecía un ciudadano decente y próspero, razón por que no le desagradó la idea de emparentar con él.

Aristeo Villada afirmó con rotundidad que él no había sido el asesino, que esa noche, como ya habían declarado sus padres —testimonio no aceptado por el tribunal— no salió de su casa. Reconoció que hacía algún tiempo fue sentenciado a cumplir condena por una reyerta con otro mozo, pero que al carecer de antecedentes no la cumplió. Que quería a Magdalena y de ninguna manera habría querido matarla. Admitió más de una discusión con Jacinto y que aunque éste había proferido amenazas contra él y él mismo le había respondido en términos semejantes, son cosas que se dicen en momentos de acaloramiento, pero nada más. Se declaró inocente e insinuó que los hechos ocurridos bien podría suceder que beneficiasen a un tercero desconocido al que él serviría de chivo expiatorio. Porque corría el rumor de que Jacinto practicaba la usura ocultamente y quizá algún perjudicado deudor lo había agredido.

No todo es lo que parece (Cuadro "La Hidalga"): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2006)

No todo es lo que parece (Cuadro “La Hidalga”): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2006)

Terminó la vista y el jurado se retiró a deliberar. Aristeo Villada fue declarado culpable, pero el Juez no debió ver tan clara la culpabilidad porque desestimó la pena de muerte pedida por el fiscal y lo condenó a treinta años de cárcel. Tanto el proceso como su resolución tuvieron cierta resonancia en la prensa y fueron seguidos con enorme interés en el pueblo, donde provocaron toda clase de conjeturas apasionadas, unos en contra y otros a favor del acusado. Pero los ecos de aquel suceso se apagaron pronto porque la resolución del caso quedó sepultada por los acontecimientos políticos que siguieron al Pacto de San Sebastián. Frente a ellos, poco valían las vicisitudes personales de un condenado por la Justicia. Era el país entero el que entraba en efervescencia. ¿Qué importaba un crimen pasional?

VICENTE MARTÍNEZ-SANTOS YSERN

Aquí quedó todo. ¿O no? No. Falta el colofón de esta novela, que ya no es capítulo IX, sino epílogo en el que se cierra el círculo como si de una Ringkomposition se tratara. Comenzó el relato en los recuerdos de uno de los personjas, finaliza también con sus recuerdos. Del presente al pasado, y del pasado al presente. Finalizamos mañana, esta vez sí, del todo, esta novela, con el epílogo. Lo decíamos al principio: a veces la verdad juega al escondite. Y ésta es una de ellas. [NOTA DEL EDITOR]