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Secreto: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Secreto: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

La vida te pone a veces en situaciones inesperadas, en aprietos que le llevan a uno a enfrentarse a grandes dilemas. Yo me he visto en uno de ellos.  ¿Quién me lo iba a decir?…

No lo puedes imaginar, lector, no te puedes hacer una idea de cuán difícil ha sido tal dilema. Sólo te digo que hay secretos y enigmas que no se pueden desvelar, que son tan insondables como el pensamiento de un ruiseñor, o como las razones que llevan a la naturaleza a hacer brotar trébol de cuatro hojas, o como una factura de la electricidad… o por qué un barco flota y un avión vuela.

En el mundo de los muertos: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

En el mundo de los muertos: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Hay secretos y enigmas que no se pueden revelar y, quizá, no quieren ser revelados, que en esto los secretos y enigmas son muy suyos y no dan mucha tregua ni muchas oportunidades.

Hay secretos y enigmas que, como la vida y la muerte, a lo mejor son inescrutables, tanto como el día y la hora del Apocalipsis, que es asunto bien serio y difícil y en el que más nos vale no rebuscar, por si acaso.

Muchos han sido quienes en éstos últimos días y en estas últimas horas me han reclamado una solución al escrito publicado hace poco titulado Cosas que uno no tendría que oír (Campo de Criptana, 2015).

No la diré; a lo mejor es un artificio literario que me inventé, o a lo mejor no: quizá sea un caso real… o quizá no. Hasta aquí puedo leer. Quedará este enigma irresoluto por toda la eternidad, que es como decir para siempre de los siempres. Un enigma es un enigma, un secreto es un secreto, y estas cosas hay que respetarlas porque hay leyes de la naturaleza que no se pueden, ni se deben, transgredir.

La otra orilla: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2012)

La otra orilla: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2012)

Los secretos y los enigmas se los lleva uno a la tumba. A lo mejor es de las pocas cosas que uno se lleva al otro mundo, los secretos y los enigmas, porque lo demás, todo lo demás, se queda en la tierra anclado a las vanidades, ésas de las que tanto nos hemos ufanado en vida sin darnos cuenta de que nuestro paso por este mundo es efímero y de que el día menos pensado la Parca nos señalará y que todo, todo, se esfumará tal como surgió. De la nada y para la nada, nada seremos.

En esto de la muerte no hay tarifa preferente ni de turista, ni derecho a equipaje, ni se elige asiento. Nada se factura; se va uno con las manos en los bolsillos. El control de pasajeros es insobornable, nadie priva de su moneda a Caronte, nadie elige sitio, nadie lleva equipaje, nadie sabe qué habrá en la otra orilla de la Estigia, qué destino incierto le espera allí, en el mundo de los muertos. Pero los secretos de uno irán con uno.

No, lector, no me preguntes más quién dijo aquello de lo que hablé en aquella ocasión. Muchos han sido quienes me han inquirido insistentemente. Y yo me he ido por las ramas una y otra vez, y, como no ha sido la primera vez que he recurrido a estos artificios en este blog, no me han dolido prendas, que uno ya está curtido en estas lides y le dan igual ocho que ochenta. No lo he dicho, ni lo voy a decir. No valen las insistencias. Guárdate en tu recuerdo, lector, tal barbaridad, pásmate, como me pasmé yo, espelúznate, como me espeluzné yo, da un salto sobre tu silla, como lo di yo, calma tu taquicardia, como yo calmé la mía… cuando oí aquello.

En el foro: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

En el foro: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Un día se escucha eso… y otro día a alguien se le podría ocurrir la peregrina idea de nombrar «Albaicín Criptano» al barrio de los molinos de Criptana, ése que la vox populi llamaba y llama con toda la razón del mundo el «halda de la Sierra», hermosa expresión como pocas, lírica metáfora que nunca, nunca, se tendría que perder.

Sólo me queda exclamar desde lo alto de nuestra sierra, mirando al ocaso de una tarde de primavera como ésta, entre rayos y truenos, aquello que dijera hace más de dos mil años Cicerón a Catilina en el Senado Romano, un 8 de noviembre del año 63 a. de C.: Quousque tandem abutere… patientia nostra?

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO