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Recuerdo y olvido: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Recuerdo y olvido: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Tras la muerte se espera que quienes quedan sobre la tierra guarden un recuerdo de quienes ya se embarcaron en su último viaje. Hay una memoria personal, la de la añoranza, la de la nostalgia, la del amor. Hay también una memoria social y colectiva. Ésta es en forma de epitafios, esos títulos que identifican a los difuntos en sus sepulturas, unas veces con más detalles, otras con menos, unas veces con más florituras literarias, otras sólo con un nombre. Se encuentran estos epitafios en todo cementerio que se precie. Sabe cada uno dónde reposan los suyos; los epitafios dan a conocer a todo caminante que acierte a pasar por allí un nombre y unas fechas… «Aquí yace… nació… y murió…». En esto queda todo. El caminante pasará junto a la sepultura, y leerá el epitafio. Quizá no conociera el caminante al difunto, quizá nunca haya oído hablar de él, o quizá nunca se haya cruzado con él por la calle en otros tiempos ni siquiera haya intercambiado una palabra con él. Se detendrá ante el epitafio el caminante, leerá, quizá en voz baja, solo musitando, casi sin abrir los labios. Quizá el hecho de pronunciar un nombre supone ya recordar, porque esta es la función fundamental del epitafio: mover al recuerdo. Pensará entonces el caminante aquello de «donde me ves, te viste; donde te veo, me veré». Todo queda en eso.

Pero hay también muertes anónimas. Hay veces en que no hay un nombre que poner en un epitafio, quizá sólo un «Desconocido» o «Desconocida». Supongo que mucho más triste que la muerte es el anonimato, que no es sino como una forma de muerte fuera del tiempo y del lugar… es como si nunca se hubiera existido.

Precisamente de un caso de muerte anónima hablaremos hoy. Tenemos noticia de ella en el Boletín Oficial de la Provincia de Murcia, del 3 de octubre de 1855. El anuncio número 456 publica un aviso del Juzgado de Primera Instancia de Alcázar de San Juan, fechado el 26 de septiembre de ese año, que decía lo siguiente:

En este Juzgado pende causa criminal de oficio, con motivo de haber hallado á una muger muerta, en término del campo de Criptana y sitio de la Mancha; cuyas señas se espressan al margen…

Puesto que se desconocía su identidad y la de su marido (el anuncio presupone que estaba casada), de paradero y domicilio desconocido, se mandaba insertar el anuncio en diversos boletines oficiales, como es el caso del de Murcia a que estamos haciendo referencia. Se dan a continuación las «señas del cadáver» (mantengo la grafía del original):

Edad unos 40 años, estatura regular y pelo negro, un sombrero de palma con trenzas azules, un jubon de indiana azul, un zagalejo de la misma tela aunque de diferente dibujo, una saya de bayeta verde con muchos remiendos, una camisa de lienzo basto, medias azules, albarcas con cordelillo de cáñamo, un pañuelo de yerbas azul oscuro con flores grandes.

Llevaba el cadáver, como se puede ver, vestuario variado en elementos y, sobre todo polícromo, muy polícromo. Eran estas prendas quizá parte de la vestimenta usual de la mujer de la época. Entre tanto color, sin embargo, destaca el azul… vestía la muerta de azul. Mañana hablaremos sobre algunas de estas prendas hoy ya inusitadas.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO