Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , ,

Son los banquetes escenario adecuado para desenvolturas retóricas, es decir, para discursos de encomio y para panegíricos de todo tipo y carácter. No había en el Criptana de aquellos años de las tres primeras décadas del siglo XX acontecimiento festivo sin su correspondiente discurso y sin la retórica de los próceres de la localidad. Y como no podía ser de otra manera, también el banquete en honor a Ramón Baíllo que tuvo lugar un día de septiembre, día de vendimia, día ya casi de otoño por aquel ya lejano año 1920… como no podía ser de otra manera, tuvo también aquel festejo sus discursos, y no uno, sino varios, porque tal acumulación desmesurada es cosa muy del gusto de la estética social de aquellos tiempos.

En días de vendimia: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

En días de vendimia: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Nos contaba ayer el periódico El Pueblo Manchego, año X, núm. 2903, del 16 de septiembre de 1920, a cargo de quiénes estuvieron algunos de aquellos discursos. Hoy proseguimos con el mismo tema, a saber, más discursos que vinieron a continuación según la secuencia de la crónica que publica el periódico. He aquí lo que se dice al respecto:

También hablaron los Sres. Cueto, en un discurso breve, pero magnífico por la sinceridad y afecto de que se veía estaba inspirado; el Sacerdote Sr. Carrasco; el Sr. Muñoz en un elocuente y fogoso discurso; el Sr. Arguelles que indicó la conveniencia de telegrafiar al Conde de las Cabezuelas, padre del señor Baillo, patentizándole, como fiel reflejo del sentir de todos los que estaban allí reunidos el sincero testimonio de cariño, adhesión e inconcionalidad (sic, «incondicionalidad») y otros varios señores más, que rivalizaron en sus frases de afecto y sincera amistad hacia el homenageado (sic).

El banquete... de hace 95 años: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2015)

El banquete… de hace 95 años: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2015)

Si hay un personaje de relevancia pública en aquellos años en Campo de Criptana, ése era Eduardo Cueto, que desempeñó durante algunos años la alcaldía de Campo de Criptana (véase: Eduardo Cueto, alcalde y empresario, Campo de Criptana, 1928). De los demás oradores, en su mayor parte, ya hablamos en artículos anteriores.

Llama la tención el despliegue de adjetivos que hace el corresponsal para buscar sus definiciones de los diversos discursos pronunciados en aquella ocasión: «breve», porque, sin duda, un discurso ha de ser breve si no quiere el orador que su público se duerma o salga corriendo, o busque cualquier mosca volandera para fijar en ella su atención; «inspirado», porque ha de ser también esta cualidad necesaria de todo discurso, si no quiere el orador mismo incurrir en el aburrimiento propio y ajeno; y «fogoso», porque, sin duda, todo discurso ha de ser animoso, activo… lleno de espíritu en fin, incluso apasionado, como salido del corazón mismo. ¡Qué raro es encontrar todo esto en un discurso! ¡Y qué extraordinario es encontrar buenos oradores! Mañana continuaremos hablando de este tema.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO