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Allá por abril de 1927 se estrenó en Valencia la comedia Brandy, mucho brandy, un sainete en prosa de José Martínez Ruiz, «Azorín». Fue una incursión de este autor en tal género y, a juzgar poa la crítica del estreno que publicó el diario valenciano Las Provincias, año 62, núm. 19071, del 24 de abril de ese año, fue todo un éxito, más por lo sorprendente de ver a este autor metido en tales lides teatrales que por la obra en sí misma. La reseña del estreno es densa y enormemente favorable a las intenciones de su autor de incardinarse en el teatro moderno que entonces estaba de moda en España. Incluso, en algunos de sus personajes se llega a encontrar una evocación de caracteres de las obras de Ibsen.

Sin embargo, por mucho que Azorín cambiase con esta obra de tercio y se adentrase en un género tan alejado de aquel por el que fue especialmente conocido, no se podía evitar el recuerdo de aquellos artículos que escribió en su viaje por La Mancha, en su ruta literaria de Don Quijote que hiciera en marzo de 1905 y que apareció por entregas en el periódico El Imparcial. Aquella «Ruta del Quijote» le acompañaría ya para siempre y sería, posiblemente, uno de los grandes sellos que marcarían su legado literario de forma indeleble.

Tampoco la reseña publicada en el periódico Las Provincias escapó a esta evocación, y fue especialmente cuando salió a relucir la música, o las cuestiones musicales… porque inevitablemente saldrían a relucir episodios de la ruta manchega relacionados con la música. ¿Y cuál hay más importante que el que protagonizó el músico y boticario criptanense Bernardo Gómez? A él se refiere también esta reseña de Las Provincias:

Ahora, que estas cuestiones musicales, y en esta ocasión, hacen surgir imperativamente la silueta de aquel don Bernardo, el compañero de don Antonio, don Pedro, don Lesmes… aquel cervantista de Criptana que había escrito un Himno y había que oírlo irremisiblemente…

Aquel himno fue el que dedicado a Cervantes había compuesto don Bernardo Gómez y el que incansablemente fue tarareándole a Azorín en aquella excursión que hicieron en galera al santuario del Cristo de Villajos (véase: Viajeros en Campo de Criptana: Azorín, su «Ruta del Quijote» y el himno de don Bernardo, 1905). Quería don Bernardo, evidentemente, que Azorín le diese difusión a su himno a Madrid, pero el efecto fue muy diferente al deseado:

– Sr. Azorín, – me dice, – yo he compuesto un himno á Cervantes para que sea cantado en el Centenario.

Le dijo don Bernardo a Azorín.

– ¿Quiere usted oirlo, Sr. Azorín?

Insistió don Bernardo, y don Bernardo cantó su himno:

Gloria, gloria cantad á Cervantes,
creador del «Quijote» inmortal.

… y así, con la insistencia de don Bernardo, continuó la conversación hasta llegar a su destino, es decir, el santuario del Cristo de Villajos.

La imagen que en su escrito ofreció Azorín de don Bernardo y de su himno en el artículo que publicó en El Imparcial, año XXXIX, núm. 13.644, del miércoles 22 de marzo de 1905, fue un episodio que, aunque gracioso, está profundamente teñido de sátira, que, no se puede negar, dejaba en muy mal lugar a don Bernardo. Y esto no gustó. Prueba de ello son las quejas que años después el hermano de don Bernardo Gómez, Carlos, boticario en los años veinte en Argamasilla de Alba, expresó a Juan Larreta y Francisco Prieto cuando recorrían La Mancha en 1922. No le gustó que se tomara la dedicación musical de su hermano «a broma» (véase: El juicio a Azorín… y la justificada queja del hermano del músico don Bernardo, Campo de Criptana 1922).

Al final todos, también Azorín, tenemos una mochila que se llama «pasado» de la que difícilmente nos podremos deshacer… ni falta que hace.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO