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De nuevo al camino: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

De nuevo al camino: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

Poco a poco fueron dejando de moler los molinos de Campo de Criptana. Todavía molían cuando Azorín en 1905 visitó estas tierras haciendo su Ruta del Quijote, pero poco después caerían en el abandono. Se detuvieron sus aspas, ya no jugueteaban al son de los vientos manchegos, y poco a poco la ruina fue haciendo mella. Eran, sin duda, los molinos de Campo de Criptana el emblema quijotesco por excelencia por todos conocidos en España, y también fuera de España. Mucho habían contribuido a ello tantos y tantos viajeros que vinieron por estas tierras ya desde mediados del siglo XIX. Siguieron viniendo en el XX y ya no dejaron de venir tampoco en el XXI. Y escribieron sus bitácoras de viaje en sus libros y las eternizaron para siempre.

Entre los viajeros más recientes se puede contar a Claudio Magris, que en el capítulo titulado «En el camino de Don Quijote» de su libro El infinito viajar (traducción de Pilar García Colmenajero. Barcelona: Editorial Anagrama, 2008; versión italiana: L’infinito viaggiare, 2005) recogió, más que las noticias de un viaje en el espacio por las tierras de don Quijote, su propio imaginario literario, un viaje espiritual hacia el libro del que él nos cuenta que decía Dovstoievski «que podía bastar por sí solo para justificar ante los ojos de Dios la odisea de la humanidad» (pág. 32). Por ello también, porque la ruta del Quijote es un camino más iniciático que real, prefiere mantener el lugar de partida «incierto», como incierta sería la dirección a tomar en la primera salida. Para Magris no hay paisaje más adecuado que la infinita llanura manchega para dejarse llevar por la vida.

Con los molinos de Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

Con los molinos de Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

No espere el lector encontrar en el viaje cervantino de Magris una ruta «a lo Azorín». Este viaje es esencialmente literario y por ello las sensaciones, las visiones y las opiniones están siempre pasadas por el tamiz de Don Quijote. ¿Qué vería él? Veámoslo también nosotros… añadiría yo: Aquellos molinos en los que Don Quijote vio gigantes. Un párrafo está dedicado en este viaje a Campo de Criptana (pág. 36), y son sus molinos, como no podía ser de otra manera, lo que más identifica a este pueblo con Don Quijote, con aquel que quería cambiar el mundo:

Son los don Quijotes quienes se percatan de que la realidad se cuartea y puede cambiar; los presuntos hombres prácticos, orgullosamente inmunes a los sueños, siempre creen, hasta el día anterior a su caída, que el Muro de Berlín está destinado a durar.

En la Sierra de los Molinos: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

En la Sierra de los Molinos: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

Debemos este viaje, este libro y estas palabras, como ya se ha dicho, al escritor y profesor italiano Claudio Magris (1939-), Premio Príncipe de Asturias de las Letras en el año 2004. No fue éste el único viaje que plasmó en sus escritos. Quien no haya leído su Danubio (Anagrama, 2004) se perderá uno de los viajes literarios más importantes de nuestro tiempo y, sobre todo, jamás comprenderá por qué Europa central es como es… jamás comprenderá al ser humano. Yo me lo he leído… y dos veces. Y habrá, sin duda, una tercera. Este libro nunca defrauda.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO