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Una fotografía viene siendo el hilo rojo de esta serie de artículos. Que sí, que no, que mañana la publicamos, que pasado mañana… A lo mejor, pensándolo bien, no hay por qué publicar aquí esa fotografía. Estamos en nuestros tiempos demasiado acostumbrados a la inmediatez y a la fugacidad, a tener imágenes para todo… y a olvidarnos al poco de ellas. A lo mejor con esto la imaginación sale perdiendo. ¿Que una imagen vale más que mil palabras? Por supuesto que no. No digo que algún día no publiquemos esa fotografía, pero dejemos que los lectores imaginen aquel Campo de Criptana de antes de la guerra. ¿Realmente es tan importante una imagen? ¿No será mucho más interesante dar rienda suelta a nuestra imaginación para que recree a su gusto el Campo de Criptana de otros tiempos?

Seguimos, sin fotografía aún para seguir imaginando con libertad y sin trabas, hablando del artículo que Ángel Dotor publicó en la revista barcelonesa Algo, núm.336, del 18 de enero de 1936. “El famoso lugar de los molinos de viento”, se titulaba aquel artículo… Campo de Criptana.

Veamos qué nos sigue diciendo Ángel Dotor justo donde lo dejábamos ayer:

Como la totalidad de los que constituyen la topografía, el teatro accional de Alonso Quijano, que aparece con relieve eterno en libro inmortal, Criptana es poco menos que desconocido en detalle.

Desde la ventanilla del expreso contemplan muchos su blanquísimo caserío, asentado en el declive de una extensa prominencia o loma coronada por los molinos de viento que aun sobreviven; pero son bien escasos los que han acercado sus ojos y su espíritu a esos restos de poesía y ensueño pertenecientes a luminosa y característica página del pasado de la raza, y han podido apreciar así su lenta y consoladora destrucción.

Es, precisamente, desde el tren, seguramente, desde donde está tomada la fotografía, o quizá desde el ferrocarril, tiempos aquellos en que aún entre pueblo y vía mediaban campos extensos… Las Charcas, las famosas Charcas. Donde están esos surcos de la fotografía de antes de la Guerra hoy hay calles… y trazadas a damero, que es una cosa que viste mucho y da mucho aire de modernidad y empaque. ¿Blanco? Por supuesto. Entonces Criptana era un pueblo blanco, pero ese blanco de la cal de siempre, blanco que refulge bajo el sol, blanco deslumbrante en los días de verano.

El siglo XX en Campo de Criptana no se entiende sin el tren. Tampoco se entiende sin él el espíritu del viajero cervantino, o del viajero quijotesco, el que tomaba el tren en Madrid y llegaba a Campo de Criptana, y nada más salir de Alcázar ya podía vislumbrar, en la lejanía, sobre la loma de la sierra criptanense sus molinos. En tren vino Azorín a Campo de Criptana, en marzo de 1905, y desde el tren comenzó ya a pensar su Ruta del Quijote, buscó como armonizar la ficción con la realidad, cómo hacer de caminos irreales rutas reales. Mañana seguiremos.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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