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Seguimos por el viaje en el tiempo que nos ofreció Ángel Dotor en su artículo titulado “El famoso lugar de los molinos de viento” que se publicó en la revista barcelonesa Algo, núm. 336, del 18 de enero de 1936. Nos llevó de su presente al pasado, al más lejano, a aquel cuyos límites casi quedaban fuera de la historia. Nos llevó a Certima, nos llevó a Alces, y allí, entre romanos y celtíberos, latía un germen: El Campo de Criptana de dos mil años después. A lo mejor es mucho decir, no digo que no, que el germen de Campo de Criptana estaba allí, en aquellos tiempos lejanos, tiempos de tierras vírgenes en lo que aún no se llamaba La Mancha, y faltaba aún mucho para que así se llamase. Tiempos en los que las gentes de estas tierras hablaban una lengua ibérica, una lengua que nada tenía que ver con el latín, y mucho menos con el indoeuropeo. Nos guió Ángel Dotor por las conquistas de Roma, nos llevó por la Edad Media entre líos de invasores e invadidos, entre unas órdenes y otras. Y llegamos a los tiempos del esplendor, aquel siglo XVI en el que en Campo de Criptana surgió lo mejor de su patrimonio histórico y cultural. Hay siglos que crean, como el XVI… y hay siglos que destruyen, como el XX.

Continuemos hoy el viaje en el tiempo con Ángel Dotor, y llegamos hoy al siglo XVII. He aquí lo que se nos cuenta:

En el siglo XVII, Criptana destacó en el cultivo de la inteligencia con la honrosa contribución e sus hijos ilustres. En 1632 y 1633 aconteció la llegada a sus campos de la terrible plaga de la langosta, ante la cual temieron, justificadamente, la pérdida de las cosechas, más invocóse (sic) con todo fervor a San Antonio de Padua, y cuenta la crónica que, regocijados, vieron huir la nube del temido insecto, sin haber hecho daño apenas, por lo cual el pueblo entero hizo voto colectivo de agradecer el favor del cielo erigiendo una suntuosa capilla en la Iglesia Parroquial, consagrada al santo protector. Terminada su construcción en 1644, celebróse (sic) su bendición con grandes fiestas, en las que destacó un certamen poético, al que concurrieron los más célebres escritores de la época.

Hasta aquí llegamos hoy. Fue destruida la iglesia parroquial vieja de Campo de Criptana y con ella se perdió casi todo lo que tuvo, incluida aquella capilla. Pervive la memoria del  milagro, sin embargo, en el lugar que la nueva iglesia le reservó. Algo es algo. Recordemos que sobre aquel certamen poético celebrado en honor a San Antonio de Padua ya hablamos en otra ocasión. Hubo criptanenses que participaron en él con las excelencias de sus escritos, como Félix Ortiz Muñoz, quien años después compondría su Sermón en la solemnísima octava que a la traslación del Santo Christo que llaman de Villaxos consagro la noble villa del Campo de Critana, este año de 1666 (Alcalá de Henares, 1667) (véanse: Noticias para la historia del santuario del Cristo de Villajos, 1667, I; y Criptanenses ilustres: El licenciado Félix Ortiz Muñoz, siglo XVII). También participó en aquel certamen poético la ilustre entre los criptanenses ilustres, Isabel Perillán y Quirós (véase: Criptanenses ilustres: Isabel de Perillán y Quirós, poetisa, 1644). Y como la langosta no tiene miedo a santos, volvió periódicamente, y de vez en cuando asoló las cosechas criptanenses.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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