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Una marcha de invierno, como ésta a la que estamos dedicando esta serie, presupone que había también por aquel entonces, por el no tan lejano año 1955, marcha de verano, y quizá también de otoño o de primavera. Pero esto el que escribe ignora, y por eso no va a entrar en disquisiciones peligrosas que no sabe uno a qué extraños destinos nos llevarán y, sobre todo, si serán correctas o no. Por eso, nos limitaremos a continuar hablando de esta marcha de invierno, marcha februaria, para ser más exactos, porque la madrugada de un 6 de febrero de 1955 tuvo lugar. O al menos en la madrugada tuvo lugar en pequeño viaje del grupo criptanense a Pedro Muñoz, con escala intermedia en la Estación de Río Záncara. Viaje a pie, a la estación de Criptana, viaje en tren, a Río Záncara, y viaje, de nuevo a pie, hasta Pedro Muñoz. Un viaje que comenzó de noche, vio la madrugada, vio el amanecer, vio la alborada y la arrebolada, y vio también llovizna, y vio lluvia, y oyó un lejano eco del ruido del tren en Campo de Criptana y presagió agua.

Siete capítulos llevamos ya dedicados a esta serie que cuenta unos acontecimientos que hoy nos parecen ya muy lejanos, ya parte del pasado, pero que en aquellos tiempos de mediados del siglo XX eran cosa común, no diremos que cotidiana, pero sí recurrente. Los detalles nos lo cuenta, como ya hemos dicho, un criptanense que participó en la marcha de invierno, un cronista de nombre desconocido, en un extenso artículo que se publicó en el periódico Lanza del día 18 de febrero de 1955. Doce días después del acontecimiento se publicó el texto. Doce días es tiempo suficiente para convertir la realidad en mito.

Dejábamos ayer al grupo ante la Cruz de los Caídos de Pedro Muñoz. Hubo, como ya dijimos, los consabidos actos ante tales circunstancias, y los discursos habituales. Lo que nos gusta de esta crónica es que no hace el cronista al acto aquel protagonista de su historia, sino que se fija en pequeños detalles marginales que dan al relato un tono muy vivo y colorido. Y así, pasa de puntillas por el acto mismo, pero se entretiene en un buen párrafo en describir la reacción de unas mujeres que pasaban cerca del lugar, y de un «viejo labriego» que, al pasar cerca, se quitó el gorro. Y tenía «plateadas canas», añade.

Tiene también el cronista tiempo para reflexiones diversas. Ahora sobre la fugacidad del tiempo, cuestión que, como bien sabrá el lector, es protagonista y estrella en este blog… ese tiempo que es como el agua de un río, que corre por un lugar para alejarse para siempre y no volver…  como el tiempo.

Y de la Cruz de los Caídos se fue a la iglesia. Nos dice el cronista que comulgaron 26. Esto viene a confirmar la observación hecha antes sobre el gusto del cronista por los pequeños detalles. Continúa el cronista diciendo que dos de los mayores componentes del grupo no comulgaron, y que otros dos:

… anduvieron trasnochando y dos flechillas irresistentes a la tentación del bocadillo dejaron de hacerlo [s.c. de comulgar]

Recuérdese la necesidad del ayuno previo a la comunión. Por supuesto, explica esto el cronista por una razón: Para que no se acusara de irreligiosidad a la Falange. Aquí, con los números, el cronista no da puntada sin hilo. A lo mejor todos los detalles de la crónica tienen su razón de ser en el plan del cronista. Y la vamos encontrando poco a poco, pues va asomando entre los pequeños detalles, entre la noche y los amaneceres, entre el camino y las estaciones, entre la llovizna y la lluvia. Pero no la diremos hoy. La dejaremos para mañana.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO