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Seguíamos ayer con la imaginación el camino de Alcázar de San Juan a Socuéllamos, y nos encontrábamos cruces, muchos cruces. A lo mejor en alguna ocasión el caminante o el viajero se siente abrumado por la decisión: ¿Qué camino seguir? Continuábamos ayer el recorrido por este camino y llegábamos así, como quien no quiere la cosa, al término de Alcázar de San Juan, y al viejo Camino de Nieva, que hoy es la carretera de Nieva.

Y nos fuimos separando del río Záncara a medida que seguíamos este camino. El río Záncara sigue su camino, o su cauce, y nosotros seguimos el nuestro. Hay separaciones imposibles. Y por eso, en alguno de los cruces que encontramos seguiremos otra dirección, e iremos al sur, e iremos al encuentro del río. Varios caminos nos llevarán a él. Quizá en otros tiempos la abundancia de agua hacía que los caminos quedasen truncados allí. Hoy ya no. Hoy el río está muerto, ya no tiene agua, ya es cauce seco y sin vida, como un esqueleto de río, de tierra gris, blanquecina, paisaje, como ya hemos dicho muchos veces, digno de la Luna.

Y dejamos ya detrás, allá a lo lejos, el Puente de San Benito y, en una de sus orillas, la Casa de la Puente. «La Puente», femenino, como era antes. Al poco de partir del viejo Camino de Campo de Criptana a Argamasilla de Alba, actual CR-P-1223, carretera truncada en el puente, carretera sin aspiraciones y sin destino, un camino parte al sur del camino de Alcázar a Socuéllamos. Es el camino de El Prado. Y por él iremos casi en paralelo al río Záncara. Si tuviese agua podríamos haber ido contemplándola desde el camino, podríamos haber ido viendo los reflejos del cielo, y de sus nubes. Si hubiese tenido agua podríamos haber oído, quizá, en el silencio del paisaje, su lento transcurrir, su impaciencia para llegar al mar.

Y una casa nos encontramos junto a este camino, más allá del primer recodo. es la Casa de Treviño. Pero seguiremos por este Camino del Prado, y al norte, allá a lo lejos (no muy lejos, a decir verdad), otra casa adorna el paisaje. Es la Casa de Cristo Rey. Y al sur se extiende el paraje de los Prados del Záncara, auténtica depresión situada a 636 metros sobre el nivel del mar que ya nos anuncia el río. Seguimos este camino de El Prado. Estamos en la llanura, en la llanura por excelencia, en las tierras más bajas del término criptanense, en las tierras grises unas veces, violáceas otras, dependiendo de la luz, y de su ángulo, y de la estación del año. Hay que reconocerlo: Estas tierras, sin el agua del rio Záncara no son nada.

Encontramos al poco un camino que parte hacia el norte. Es el Camino de la Huerta de Olivares. Después de un largo recorrido desde el norte muere aquí. De la muerte nadie se escapa, ni el pobre, ni el rey ni el papa, y tampoco el Camino de la Huerta de Olivares. Dejamos detrás el cruce, y tenemos, al norte del camino, el paraje de Arbolete, y al sur el de El Cotillo. Y en éstas, se da cuenta el viajero, o el caminante, de que los topónimos campestres criptanenses no dejan de asombrarle, de maravillarle. Y seguimos. Otra nueva casa se nos presente al norte del camino. Es la Casa del Artillero. Y detrás una pequeña elevación del terreno marca el horizonte. Es el paraje de Peribáñez, situado a 650 metros sobre el nivel del mar, muy alto para estas tierras bajas. Y otro camino más se presenta ante nosotros. Es el del Portillo del Arcediano. Este viene desde el norte y sigue hacia el sur, y cruza nuestro recorrido por el Camino de El Prado. Y ya estamos cerca del límite con Alcázar de San Juan, justo en el paraje llamado de Amaro.

Y ya aquí miramos hacia el sur y hacia lo lejos. Nos hemos dejado atrás, al otro lado del río, un paraje que nos evoca verdes, vegetación y vida… la Casa de los Jardines. Y un poco más hacia el límite con Alcázar está el Vado de Savín, que es como una península. Al norte el Río Záncara, y al sur la Acequia de Socuéllamos. Ambos se encontrarán en arrebatado abrazo de amor fluvial un poco más al oeste, en término de Alcázar de San Juan… pero es ya otra historia.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO