Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Desde el sur: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

Nos quedábamos ayer, después de haber recorrido la carretera de Nieva, a las puertas de Campo de Criptana, que es como decir ante la línea de ferrocarril. Llegado a este punto no sabe muy qué hacer el que escribe, si seguir adelante, tomar otro desvío, rodear Criptana y seguir hacia el norte, o darse la vuelta para desandar el camino recorrido. En los paseos, como en los viajes, a veces el caminante, o viajero, se encuentra con incertidumbres, con dudas de difícil solución.

A las puertas de Campo de Criptana estamos hoy. Sólo un puente nos separa de ella, encarnada en ese muro blanco al otro lado de la línea del ferrocarril. Es el Matadero. Y estamos divagando, y como no sabemos muy bien qué hacer y qué camino tomar hoy, volveremos al pasado, y haremos un ejercicio de imaginación para recrear este paisaje tal y como era hace mucho. Hoy un trayecto de pequeña distancia nos separa de Criptana; hace unos ciento treinta años todavía, en este lugar, estaríamos bien lejos de Criptana. Hoy olemos la periferia, los alrededores, ese espacio que no es pueblo ni es campo, esa indeterminación a veces un tanto preocupante porque tiene uno la sensación de encontrarse en un limbo urbanístico.

En el camino de Manzanares a Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

No hay, sin duda, nada que haya afeado tanto los pueblos y ciudades de nuestra época como los polígonos industriales, tan grises, tan tristes, con tan mal gusto trazados y construidos. Creo que ese limbo urbanístico entristece la vista de Campo de Criptana desde el sur. Allí sigue la loma con el pueblo al pie, enmarañado de tejados, pero allí, a la izquierda, la masa de cementos y uralita se extiende inexorable. El paisaje, en definitiva, pierde todo su interés. Ni siquiera se ha pensado en incluir zonas verdes, árboles por aquí y por allá, para alegrar un poco esa masa gris y tristona.

Veamos cómo podría haber sido todo este paraje allá por 1886, fecha en la que está datado el mapa del Instituto Geográfico Nacional al que tanto y con tanta fruición recurrimos tan a menudo. La línea de ferrocarril ya estaba allí. No llevaba allí muchos años, pero ya estaba allí.

No había, como es natural, puente, y no había carretera de Nieva. Había Camino de Nieva y tal y como ocurre hoy, justo ante el ferrocarril, confluía con otros dos caminos, uno a cada lado, procedentes del sur: a la izquierda el Camino de Manzanares a Campo de Criptana; a la derecha el Camino del Cerro de la Vega. Llamaría la atención al viajero de hoy, si retrocediese a aquel tiempo, que Criptana quedaba lejos, muy lejos, pues las últimas casas hacia el sur eran las del Pozohondo, y que donde hay un colegio entonces había campos, quizá eras, y que las tapias del viejo cementerio, el del Pozohondo, eran el límite entre pueblo y campo.

todo-campo_foto-de-josc3a9-manuel-cac3b1as-rec3adllo-2016.jpg

Todo campo: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

Si siguiéramos el Camino de Nieva llegaríamos en aquel tiempo al Pozohondo, pero no por este camino, pues iba a parar, poco antes de llegar a Criptana, al Camino de Alcázar de San Juan a Campo de Criptana. Y desde el ferrocarril hasta el Pozohondo todo era campo, todo era aún naturaleza. Y, quizá, allá, a lo lejos, las tapias blancas de las primeras casas criptanenses (mirando desde aquí, o las últimas, mirando desde Criptana) marcarían el límite entre dos mundos: lo rural y lo urbano.

Así lo hemos imaginado. Y así pudo ser… o a lo mejor no. Toca decidir qué hacemos ahora. ¿Seguimos nuestro camino y cruzamos el ferrocarril? ¿O nos desviamos para rodear Criptana? No lo sabemos aún. Mañana será otro día.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO