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Hay lugares que parecen tener alma, lugares que casi hablan en susurros al caminante, o al viajero, cuando pasa a su lado. Hay lugares que llaman al caminante, o al viajero, y desde lejos no puede éste evitar acercarse… como llevado por un canto de sirenas. Hay lugares que parecen tener vida propia, y que cambian al son de las variaciones de la naturaleza.

Al fondo el Cerro: Acuarela de José Manuel Cañas Reíllo (2016)

Uno de ellos está en Campo de Criptana y es el cerro del santuario de su Virgen, la que da nombre al pueblo, la que da nombre al término, la que da nombre también a muchas criptanenses desde hace generaciones… la Virgen de Criptana. Ya en muchas ocasiones hemos escrito sobre este cerro, y ha sido desde diferentes puntos de vista, como el histórico, el geográfico, también el literario. Pero nos falta un punto de vista, que es el del pintor, pues tantas y tantas veces he pintado aquel cerro desde diferentes posiciones que tendría muy difícil recordar cuántas han sido, y en qué circunstancias.

El santuario: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Ciertamente el cerro de la Virgen de Criptana domina todo el panorama geográfico y paisajístico criptanense. Como otras veces hemos dicho, te sigue este cerro con su mirada vayas a donde vayas, fijamente. Pero además, puede el caminante, o el viajero, descubrir en él, en sus faldas, tantos paisajes como estaciones del año, incluso día a día, tantos colores como quiera, y tantas texturas, desde lo amarillo seco del más tórrido verano hasta el verde más rabioso de la naturaleza, con todas sus variaciones intermedias.

Es el conjunto lo que determina la atracción del caminante, o del viajero, o del pintor, o de todo el que pase por allí por otros variados afanes de la vida, porque el cerro de la Virgen es un paisaje sinfónico en el que suenan muchos elementos a la vez para componer un conjunto, que es el que vemos.

El Santuario: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2007)

Sin embargo lo más interesante es que detrás del paisaje real hay otro, u otros, imaginarios, hay evocaciones, hay recuerdos, hay recreaciones de otros tiempos, del pasado, cómo fue aquel lugar antaño, y del futuro, cómo será. Y así, realidad e irrealidad se difuminan, se mezclan, y cuando el caminante, o el viajero, se asoma desde lo alto y contempla hacia el sur el horizonte, la inmensa e interminable llanura manchega, el mar de viñedos, no puede evitar pensar que por un momento está tocando la eternidad.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO