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El 16 de julio de 1923 el periódico La Acción, publicaba una crónica parlamentaria. Recogía ésta lo dicho y lo discutido en la sesión del Congreso de los Diputados en aquel mismo día sobre el asunto del gobernador de Palencia que había participado en una becerrada con el nombre artístico de «El Chico de Criptana». Recordamos que este gobernador de Palencia y torero a la vez era Ramón Baíllo, primogénito del Conde de las Cabezuelas criptanense.

El día siguiente volvió el mismo periódico a la carga, y así, en el número del 17 de julio retomaba el asunto con un artículo titulado «¡Si no fuera más que eso! La política de los «chicos», artículo teñido de punzante ironía que aprovecha para dar mandobles al gobierno y a la política de la época. Veamos qué dice su texto:

El público, sin darle gran importancia, comenta regocijado el descubrimiento que ayer hizo un diputado al hablar de las primorosas faenas taurinas del «Chico de Criptana!», que sin saber cómo, aparece convertido en gobernador de Palencia.

En primer lugar, estamos seguros de que en Palencia no se habrán asustado, porque el caciquismo ha hecho pasar por aquel Gobierno civil otros «chicos», seguramente menos recomendables que este cultivador entusiasta del arte de Cúchares.

Lo que el Gobierno ha hecho con el «Chico de Criptana», nos parece, pues, injusto. La política no es incompatible con el toreo. El político que no sabe torear está perdido. A todas horas se oye decir que Fulano tiene «mucha mano izquierda», que Zutano le «echó un capote al Gobierno», que Perencejo «le dió la puntilla» y que Mengano tiene la intención de un miura. Porque en política los hay que no se contentan con ser toreros, sino que se dedican a hacerle la competencia a los toros.

Lejos de destituirlo, el Gobierno debió recompensar al gobernador de Palencia, por ejemplo, nombrándole director de una escuela nacional político-taurina.

Ahora si lo que al Gobierno no le ha hecho gracia es el apodo, ya es distinto. Pero en ese caso la política imperante se va a quedar en cuadro, porque es una política de «chicos». El «Chico de Criptana», el «Chico de Berrocana», y después toda la cáfila de «chicos» – yernos, hijos, primos, sobrinos y testamentarios – de todos los hombres públicos que usufructúan los cargos, las prebendas y las mercedes.

Lo malo no está en que un día el Gobierno se encuentre sorprendido con que ha encontrado gobernador civil al «Chico de Criptana», cosa que revela un liberalismo encantador y la existencia de un verdadero régimen democrático. Lo fastidioso sería que en cualquier momento se dé cuenta de que ha designado para custodio de la vida, y de la hacienda de los españoles, en todo o en parte del territorio, al «Chato de Cuqueta» o al sucesor del «Pernales».

Que se dan casos.

Hasta aquí el artículo, que como decíamos, no deja títere con cabeza en el panorama político de la época. Estaba esta actuación de acuerdo con la línea editorial del periódico, que se definía a sí mismo como apolítico, según rezaba en su lema: «Este periódico, sin relación con los gremios políticos tiene por único programa decir la verdad».

Por aquellos días las crónicas sobre el asunto se multiplicaron en la prensa española y extranjera, con opiniones para todos los gustos. Hubo quienes se posicionaron en contra del cese del gobernador, por considerar que no existía incompatibilidad entre su cargo y el hecho de participar en una becerrada; y hubo quienes defendieron la postura del Ministro de la Gobernación que ordenó su cese. Pero mucho aún nos queda por ver.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO