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Y siguió dando por un tiempo que hablar el asunto del «Chico de Criptana». Pasó el tiempo y, cinco meses después de ocurridos los hechos, aún resonaba la historia en la prensa, aunque, eso sí, hay que reconocerlo, de forma más pausada y contenida. Y la historia traspasó las fronteras españolas. Un ejemplo lo encontramos en el extenso artículo que se le dedicó en la revista Caras y caretas, de Buenos Aires, núm. 1.310, del 10 de noviembre de 1923, págs. 32-33. El artículo es muy largo, por lo cual nos ocuparemos hoy de una parte y en los siguientes días del resto. Comencemos, pues, a ver qué se nos dice al respecto:

El gobierno español acaba de realizar un acto que no tiene justificación posible. Telegráficamente ha destituido al gobernador de la provincia de Palencia, don Ramón Baillo. ¿Qué desmanes políticos, abusos de autoridad, o irregularidades administrativas ha cometido el mandatario palentino para merecer tan destemplada y violenta resolución por parte del gobierno liberal que regía los destinos españoles? El Sr. Baillo era un gobernador correcto; no ha vulnerado las leyes; no ha cohechado; sus enemigos políticos no han sido víctimas de ningún atropello; la policía a sus órdenes no ha metido en la cárcel a ningún elector del partido de la oposición. La ínsula palentina, en fin, era una arcadia bajo el mando paternal del joven gobernador – porque es joven, a pesar de esta paternal condición – y puede asegurarse que desde los tiempos de doña Urraca no hubo en tierras de Castilla quien como Baillo dominara, si no las complicadas ciencias del gobierno, aquel arte, no menos difícil, de mantener en máximo regocijo a sus súbditos.

El Dr. Baillo no fué destituido en forma fulminante por ser mal gobernador, sino por ser un excelente torero. Narremos los hechos para extraer luego de ellos algunas deducciones trascendentes. Pocos días hace celebróse en Palencia una magnífica corrida de toros. Como primer espada figuraba «El Chico de Criptana», pseudónimo, alias o apodo adoptado por el gobernador para sus funciones de lidiador. Toda Palencia estaba en la plaza.

Al frente de su cuadrilla apreció en el ruedo «El Chico de Criptana», o don Ramón Baíllo, el gobernador. Su espléndido traje de luces refulgía bajo el sol de Castilla. Envuelto en oro, seda y lentejuelas, la gallarda y marchosa figura del gobernador no cedía en arrogancia y salero al propio Lagartijo, arquetipo de la elegancia taurina. La plaza estalló en una ovación. Los corazones del señorío femenil aceleraron sus palpitaciones, y lánguidas miradas, reflejo de repentina emoción, posáronse sobre el joven y luminoso mandatario de la provincia. ¡Cuánta razón tiene Shakespeare! «El amor nace a primera vista…»

Comenzó la lidia. Y el «Chico de Criptana» realizó suertes maravillosas: verónicas, recortes, quites, faroles, pases naturales, en redondo y de pecho, una faena, en fin, digna de los grandes maestros. Por último, al tirarse a matar, lo hizo a volapié en todo lo alto, rodando fulminada la fiera sin necesidad de puntilla. El público se levantó en delirante ovación: «Olé por el señor gobernador! ¡La oreja! ¡la oreja! ¡Vaya riñones! ¡Viva El chico de Criptana!…»

Y aquí lo dejamos por hoy, aunque, como ya se ha dicho, la crónica continúa. Y así, para mañana dejamos lo que queda. Cinco meses después esta es la imagen de una historia convertida en aquel tiempo en leyenda, y de un gobernador de Palencia convertido en mito por la prensa y por la opinión. Como ya se ha visto hasta ahora en lo que llevamos publicado sobre el tema, opiniones hubo para todos los gustos, pero la recreación de aquella tarde de toros en Palencia que nos ofrece Caras y caretas no tiene precio. Casi nos parece poder oír, allá en el fondo, los «olés» del público. Olvidábamos dar el nombre del autor de esta crónica: Francisco Grandmontagne, Otaegui de segundo apellido (1866-1936), periodista y escritor, de la Generación del 98.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO