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En el cerro y sus murallas: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2012)

El tiempo pasa para todos, para los paisajes también. Si algo que me gustaría mucho hacer es poder otear por la mirilla del tiempo y contemplar cómo era Campo de Criptana, por ejemplo, a comienzos del siglo XIX, cómo eran sus calles, cómo sus casas, cómo esos campos que la rodeaban y esas eras (obras maestras de la ingeniería del empedrado, tan útiles entonces, pero tan arruinadas hoy), cómo su vieja plaza y si vieja iglesia, y ver sus molinos, muchos molinos, vivos, y el giro interminable, rápido, de sus aspas. O también sería interesante otear desde las alturas, por ejemplo, desde la ventana de la torre de la vieja iglesia entre vetustas piedras, y dirigir la vista al sur, y ver cómo un reguero de polvo va surgiendo por un camino en la lejanía entre los campos… ver, acercándose ya, una galera, después de un largo viaje… ¿qué traerá?. O poder recorrer las viejas calles, a pie, con tranquilidad… la calle del Magnes, la Empedrada, la Plaza Bardón, o la calle Angora, o la de Corrales, o la de Alconchel, la Tardía, la Herriega, o la de la Cruz Verde, o la de la Iglesia, o la de Granado, o la del Paraíso… y muchas otras, viejas calles ya hace mucho desaparecidas del nomenclátor criptanense.

Nadie nos diría hoy que ciertos lugares fueron no como los vemos ahora, sino muy diferentes. Por supuesto, no tenemos para la mayoría de los lugares fotografías antiguas y, aunque las tuviésemos, no irían mucho más allá en el tiempo de lo que desearíamos. Tenemos, sin embargo, algo mucho más interesante: La imaginación, «la loca de la casa», como diría Santa Teresa, y con ella, realmente, no necesitamos imágenes.

En el cerro: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2012)

Tomemos el cerro de la Virgen de Criptana como ejemplo. Está coronado por una planicie amurallada o, mejor dicho, aparcillada por una muralla encalada (como debe ser en La Mancha) con pretensiones y ambiciones medievales, muralla con sus puertas en arco que dan a sus pendientes. Y allí está la ermita, y allí están sus dependencias. Se ven las pendientes sur y este vacías, solo cubiertas por la hierba verde en la estación del año que corresponda, seca en verano. En la del oeste hay unos pinos, y allí está la escalera que le da acceso desde el camino; y desde éste se asciende al cerro por la calle en pendiente situada al norte. Así es hoy. Sin embargo, allá por 1843, época en que salieron a subasta pública las posesiones eclesiásticas, figura entre los lotes que habían pertenecido a «María Santísima de Criptana», con el número 2488:

Un olivar de cien olivos pequeños y malos, en el cerro donde se halla la hermita de Nra. Sra., cercado de piedra, fué rematado por Carlos Olmedo en 900 rs.

Apareció tal texto publicado, junto a los restantes pertenecientes a la fábrica de la parroquia y a las otras ermitas criptanenses, en el Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, del 4 de septiembre de 1843.

Y ahora que la imaginación entre en escena, y que el lector idee su propia imagen de aquel cerro, de aquella ermita y de este olivar cercado de piedra, no sabemos si en la explanada del cerro o quizá en alguno de sus laterales, en aquellos días de verano de 1843. Y aquí cerramos nuestra mirilla al pasado… temporalmente.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO