Han sido tradicionalmente los molinos de Campo de Criptana y su sierra, su loma encabalgada por las últimas casas blancas, o las primeras criptanenses, depende del punto de vista de cada uno, los protagonistas principales de las imágenes de otros tiempos, y de éste también, y suponemos que lo seguirá siendo en el futuro. Encontramos de vez en cuando fotografías de otros rincones, de calles del centro que nos muestran una extraña armonía ya perdida de formas y de colores, de regularidad arquitectónica y de ese blanco de cal que tanto refulge bajo el sol, tanto, tanto, que parece que tiene luz propia.

Hoy nos ocuparemos de una ilustración. Se publicó en la revista Blanco y Negro, del 13 de julio de 1930, en su pág. 23. Ocupa la ilustración la mayor parte del espacio de la página. Sólo queda libre de imagen el margen inferior, donde encontramos un breve poema con el título «Estampas españolas». La ilustración está firmada. Se lee bien el nombre: Virgilio Muro. También al pie del poema, que aparece escrito en dos columnas, encontramos el mismo nombre, pues Viriglio Muro fue, además del ilustrador, también el autor del poema.

Veamos ahora la ilustración. Es una calle criptanense, calle de tierra, calle con aceras a ambos lados, calle con dos pequeños arroyuelos de agua que corren junto a ellas, calle de casas muy marrones, tanto como la calzada. De vez en cuando una casa blanca rompe con un toque de luz la hilera de casas marrones. No es una calle típica criptanense, no es una de las que suben o bajan de la Sierra de los molinos, no es una de aquellas que hoy tienen por nombres los de personajes o imágenes quijotescos. Es una calle del centro criptanense… del centro hoy, porque entonces ya estaría apuntando hacia las afueras. Sí, creo que es la actual calle Castillo, vista desde la esquina con la calle Concepción. Se ve, a la izquierda, sobresalir entre un tejado en primer término la casona que domina el tramo de esta calle entre Convento y Concepción… el palacete. Y enfrente una casa nos da la pista para identificar esta calle. Aparece allí, un poco a lo lejos, a la derecha de la ilustración. Es una casa alta con un pequeño jardín. Es, sin duda, la casa que hace esquina en la Calle Convento con Castillo. Y sigue la mirada hacia arriba, y la calle se va desdibujando. A lo mejor una de aquellas manchas de color es la fonda en la que se alojó Azorín en 1905… vaya usted a saber. Y al final, ya muy lejos, la calle acaba. Es, sin duda, el lugar en el que la calle Castillo va a desembocar en la actual calle de la Virgen. Una casa de dos plantas marca el final en el lugar. Pero el paisaje ya no es así. Ocupa hoy su lugar una mole de cuatro plantas.

Y la vista puede ir más allá, porque entre las casas parece que se asoma como con miedo, con discreción, un molino, blanco molino, y allí detrás otro, más pequeño, quiere protagonismo… pero, para decir la verdad, no lo consigue. Allí el ilustrador no puso mucho esmero… ni falta que hacía.

Así es la calle, hoy tan cambiada, aunque ochenta y ocho años después aún reconocible. Algún criptanense aparece en la ilustración. Algunos están sentados a la puerta de su casa, otros son viandantes en plena conversación. No hay coches, no hay obstáculos en la calle… Por la luz refllejada en la imagen, por el juego de sombras y de luces, podemos aventurar que son entre 11 y 12 de la mañana.

La ilustración no es quizá una gran obra maestra, pero sí nos permite, al menos (y nos basta y nos sobra para ello), echar un vistazo al pasado, para ver cómo era una calle criptanense en color en unos tiempos en que la fotografía era aún en blanco y negro o en sepia.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO