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Entre viñedos: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2015)

Y llegó la hora de partir de la Casa de la Bóveda. Bastante tiempo ha estado allí el caminante. Ya ha contemplado las ruinas y ya ha imaginado el pasado de esplendores, ya se ha asomado al pozo. Digamos la verdad: ¿Quién puede resistirse a asomarse a un pozo? ¿Habrá agua? ¿Dónde estará el fondo? Tiremos una moneda y esperaremos… el sonido de su caída. Como todos, supone el que escribe, el que escribe no puede resistir la tentación de asomarse a todo pozo que encuentra. No te acerques mucho… decían antes. a los niños.. que el diablo empuja. También hacían la señal de la cruz a todo trozo de pan que se cayese al suelo. Hay costumbres que se pierden, a lo mejor porque ya no hay tantos pozos a los que asomarse y a lo mejor, también, porque ya el pan no es tan preciado como lo fue en otros tiempos.

Y toma el caminante el camino hacia el sur, buscando nuevos rumbos, persiguiendo otros parajes. El mapa moderno no registra nombre para este camino, pero lo tiene… ¡Vaya si lo tiene! Volverá el caminante al año 1886, y en el mapa del Instituto Geográfico Nacional de ese año sí encontrará nombre para ese camino… Camino de la Casa de la Bóveda, que va desde el Camino de Casasola al norte a desembocar en el Camino de las Bataneras al sur, cruzando antes, eso sí, el Camino de los Ceroneros.

Por el camino: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Tan vieja es la Casa de la Bóveda que ha dado lugar a topónimos de parajes, y así, en los mapas modernos, todas las tierras que se extienden desde la Casa de la Bóveda, el conjunto ruinoso, hasta el camino de las Bataneras, se llama también Casa de la Bóveda. Hay que reconocer que es asunto de mucha prestancia y pedigrí… a saber, que una casa acabe dando nombre a todo un paraje.

Es tierra de viñedos, por todas partes, allá hacia donde dirija el caminante su mirada, al norte, al sur, al este y al oeste. Y eso da muchos ánimos al caminante, que goza ante tan alegre paisaje, ante tan verdes extensiones que, diríase, bien podrían compararse con un Jardín del Edén manchego. Recordemos que Jardín del Edén manchego no tendremos, pero sí tenemos “paraísos”… y muchos. “Paraíso” era el nombre de un árbol abundante en otros tiempos, hoy a lo mejor ya raro, árbol que acompañaba a muchos coceros y casas de campo, árbol de hojas de color verde ceniza que, dicho así, también tiene su encanto.

Y más y más viñedos: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2015)

Tenía también en otros tiempos, ya hace mucho, Campo de Criptana una calle del Paraíso que iba desde la vieja Plaza Bardón hasta el Calvario. Esto era, más o menos, por aquel tiempo de 1886, cuando cuatro nombres nombraban a la actual Virgen de Criptana… calle de Magnes, calle empedrada, plaza Bardón y calle Paraíso, a lo mejor por un árbol del paraíso que hubiese por allí, o a lo mejor porque estuviese al este de Criptana… nunca mejor dicho… al “este del Edén” (véase: En busca del “Paraíso” perdido, Campo de Criptana 1890).

Volvamos al caminante, al que hemos dejado un poco olvidado en el camino de la Casa de la Bóveda. Que retome su rumbo, y que vaya hacia el sur. Encontrará, como hemos dicho antes, el Camino de las Bataneras, camino importante en otros tiempos… a lo mejor también hoy.

Y aquí dejamos por el momento al caminante. Ha hecho poco trecho hoy. Ha tenido bastante con recrearse en el paisaje, en las toponimias viejas y en las nuevas… y ahora se pone, con una cierta nostalgia, a contemplar en la lejanía aquella vieja Casa de la Bóveda.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

 

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