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Llegó el caminante a la Casa de Marta ayer. Y se dio cuenta de que el paraje de Marta es extenso, muy extenso, más, quizá, que cualquier otro de los alrededores. Queda la Casa de Marta bien cerca de la CM-400, y hay dos caminos en forma de tijera abierta que la comunican con ella. La distancia más corta es de 830 metros, y por tanto el conjunto lo puede ver claramente el viajero desde la velocidad de la autovía, a lo mejor con visión fugaz… pero lo ve, que es lo que importa. Hubo un tiempo, allá por finales del siglo XIX, en que no había carretera por allí, y la Casa de Marta estaba junto a uno de los caminos principales de la zona, camino radial, sin duda, de mucho paso, o mejor dicho, de paso obligado para ir desde Alcázar de San Juan a Tomelloso. Es uno de tantos caminos que ha quedado al margen de los tiempos modernos, desbancado en su importancia por la rapidez de las carreteras. Ya no pasa tanta gente por aquel camino; ya tanta gente como antes no contempla la casa, e incluso hace mucho que nadie pregunta por Don Ramón Chico de Guzmán. El viajero es curioso por naturaleza, y eso forma parte intrínseca de su ser.

Hay variaciones en los topónimos con los tiempos. Veíamos ayer que al sur de la Casa de Marta, es decir, debajo de la Casa de Marta en el mapa moderno de la zona, hay un paraje llamado El Tardío. Pero mira ahora el caminante el mapa del Instituto Geográfico Nacional de 1886, y encuentra que en él no se llama el lugar El Tardío, sino El Tardido, y que hay una Casa del Tardido, y un Carril de Tardido. Pensaba el caminante que a lo mejor El Tardío era la forma correcta, pues está atestiguada la existencia de tal apellido, Tardío, en el Campo de Criptana de otros tiempos. Tomará el caminante (y el que escribe también) el dato con pinzas, porque en estas cosas de los topónimos nunca se sabe y lo más fácil es perderse entre unas variantes y otras.

Vista así la zona en el mapa de 1886, parece conjunto de parajes recoletos, a lo mejor incluso alegres. Yo creo que en La Mancha el paisaje siempre es alegre porque hay mucha luz, porque la llanura hace vibrar los colores. Sigue el caminante el paisaje sobre su mapa de 1886. Y mira allá, hacia el oeste. Allí el paraje de Montarroz, o Yermos de Montarroz, y aquí la Casa de Montarroz, y el Camino de Campalla. A lo mejor lo que encuentra el caminante en el mapa de esos parajes explica el nombre… Yermos de Montarroz, pues hay un triángulo de tierra, limitado por el Carril de Montarroz a Marta al norte, el Camino de Montarroz al suroeste y el Camino de Campalla al este, que aparece en el mapa como inculto, a lo mejor como uno de los últimos restos vírgenes de la zona. Tiene el triángulo 47’29 hectáreas, que a lo mejor es mucho, o a lo mejor no. La verdad es que uno no se aclara mucho con estos de las hectáreas (y menos con las fanegas), y no alcanza a discernir si esto es mucho es poco. Allí sigue todavía hoy la Casa de Montarroz, muy cerca del Canal del Guadiana. A lo mejor cuando éste llevaba agua, cantarina y vivaz, el paisaje por allí era pizpireto y alegrón, porque, las cosas como son, el agua da mucho gozo y disfrute.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO