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Mira el caminante desde el camino, o mejor dicho, desde la carreterilla que va de Arenales de San Gregorio a Alameda de Cervera. Mira hacia el norte, y no ve nada más que una llanura interminable, de un verde rabioso como corresponde a esta primavera florida y hermosa. Identifica los lugares. Primero, aquí muy cerca, tiene el lugar llamado Casa Vieja. Está todavía en término de Campo de Criptana. Conforme avanza hacia el norte el caminante va encontrando más parajes a la izquierda del Camino de Argamasilla de Alba a Campo de Criptana. Ve primero la Casa de Torres, luego la Casa de Don Lino, y después la Casa de los Cuartos y al final la Casa de Martín. Se suceden los unos a los otros como si estuvieran en fila india, y así se llega al río Córcoles.

No es éste el único camino en esa dirección. Hay otro a la izquierda. Es el de Alameda de Cervera al Puente de San Benito. Es camino viejo, pero hoy se ha quedado un poco al margen del loco tráfico de los tiempos modernos. Era antes de que se construyese la carreterilla de Arenales de San Gregorio a Alameda de Cervera el lugar de Casa Vieja cruce de caminos. Allí iban a parar el de Alameda de Cervera al Puente de San Benito, el camino de la Casa Nueva a la Casa Vieja, el del Vado de Savín y el de las Hoyas. A lo mejor es Casa Vieja porque ha sido desde siempre cruce de caminos, y van tantos caminos allí porque la casa estaba hacia mucho. Nunca se sabe.

Se planta el caminante ante el río Córcoles. El camino de Argamasilla de Alba a Campo de Criptana tiene su puentecillo sobre su cauce. Y el de Alameda de Cervera al Puente de San Benito también. Al otro lado están las tierras más occidentales de la “mesopotamia” criptanense, las que están situadas entre el río Záncara y el Córcoles. Aquí se ensancha mucho esta mesopotamia, porque el río Córcoles hace una curva hacia el sur. Sin embargo, curiosamente, su cauce no es el mismo que tenía en 1886, según se puede comprobar en el mapa del Instituto Geográfico Nacional de ese año. Puede verse una línea azul discontinua, que se usa en topografía para los riachuelos y arroyos de cauce irregular, que llega como mucho a la Casa de Alarcón viniendo desde el este. A partir de allí hasta el río Záncara, hacia Occidente, aún no aparece el cauce que existe hoy. Y por ello tiene el nombre de “Acequia de Socuéllamos”, porque tiene toda la pinta de ser obra del ser humano y no de la naturaleza.

Y así, como quien no quiere la cosa, se planta el caminante otra vez en las riberas del río Záncara, y, casi sin darse cuenta, estará de nuevo sobre el Puente de San Benito. ¿O no? Como sabe el caminante que ahora el río Záncara está seco, decide tirar por otro camino y cuando está en el Córcoles, o Acequia de Socuéllamos, decide seguir su curso hacia occidente. Deja a su izquierda, en la orilla sur, el paraje de Los Cuartos, y luego el de Los Corridos, y allá, casi junto a la frontera con Alcázar de San Juan, una pequeña elevación, más bien discreta. Es el Cerro Tobar, nada más y nada menos que de 643 metros sobre el nivel del mar, mientras que las tierras adyacentes no pasan de los 639. Camina el caminante ahora entre terrones, y de vez en cuando entra tierra en los zapatos. Sí, lector, porque el caminante va con zapatos, y lleva en su morral su aplicador de crema de calzado y sus cepillos, para que nunca falte lustre y esplendor a su caminar. Cruza el caminante la Acequia de Socuéllamos por el lugar llamado “Vado de Savín”. Ya está de nuevo en aquella misma mesopotamia que hacía muchos días había dejado atrás.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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