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Anda ahora el caminante por la carretera de Nieva. Todo por aquí suena a «Nieva»… la carretera, una casa de Nieva, también un paraje de Nieva. Hoy el caminante se traslada con la mente a otro lugar y a otro tiempo. Porque el caminante va a recordar hoy paisajes de otros tiempos, no muy lejanos. Recuerda el caminante la vieja carretera de Nieva, aquella repleta de parches de alquitrán. La recuerda cuando aún no había rotonda en aquel lugar del que partía y parte aún, de la misma N-420, junto al Cuartel de la Guardia Civil y enfrente del viejo instituto de secundaria, entregado hoy a disfrutes bacanales. Recuerdo el tiempo en que no había rotonda; había solo cruce, y la carretera de Nieva comenzaba discreta y como tímida su andadura. El Cuartel de la Guardia Civil, el viejo, no éste de hoy, se erigía como una única edificación ya en el campo mismo junto a aquella carretera, en el cruce mismo.. Bajaba aún el viejo arroyo por la actual calle Sara Montiel, recorría su cauce una profunda zanja que daba un poco de vértigo; pasaba por debajo de la N-420 y continuaba hacia el sur, como arroyo ya salvaje, sin encauzar. Era verde y fresca la hierba por allí en aquellos tiempos.

Partía la carretera de Nieva de su cruce y dejaba detrás Criptana. No había aún construcciones cerca de su recorrido, ni casas, ni polideportivos. Nada se había construido. Una gran extensión de sembrado se abría hacia el este, y sólo dejaba ver, allí a lo lejos, el edifico de asilo criptanense, y allí un poco más lejos, las dos grandes fábricas textiles de otras épocas. Campos había también a la derecha, según se salía por la carretera desde Campo de Criptana. Un arbolillo, o dos, daban su humilde sombra a la carretera. Y detrás había campos y más campos. Era verde y fresca la hierba de las cunetas. Sólo encontraba el caminante un edificio que aún sigue allí… el del Matadero, el nuevo, porque del viejo sólo quedó el nombre de una calle, Matadero Viejo. Cruza la carretera sobre la vía férrea. No recuerdo cuándo se construyó el puente. Desde el puente podía ya decir uno, o el caminante, que estaba en pleno campo. Miraba al norte, hacia Criptana, y lo veía como tumbado sobre sembrados, como en su siesta manchega. Miraba hacia el sur el caminante, y veía más y más campos. Allí, junto al puente de la carretera de Nieva, se ve aún la huella de la vieja carretera, la abandonada ya hace mucho porque tenía un paso a nivel sobre el ferrocarril. Es fama que este paso a nivel era mortífero, y lo era por una razón: Porque el edificio del matadero impedía tener visibilidad por el lado que viene de Alcázar, y el tren se presentaba en un me ves y no me ves, y arrollaba todo lo que quería. El puente fue una buena idea.

Todo esto le viene al caminante al recuerdo cada vez que piensa en la carretera de Nieva, y en sus paisajes, y cada vez que recuerda sus paseos por aquella poco transitada vía entonces, no hace mucho. Desde las ventanas del viejo instituto se veía alejarse la carretera entre los campos, y uno pensaba, casi sin quererlo… ¡qué verde y lozana está por estos días la hierba! Eran tiempos que uno recuerda luminosos, días casi de eternidad, primaveras tranquilas y veranos interminables.

Vuelve la mente del caminante al lugar del que partió. Y allí está, de nuevo, en la carretera misma y sin saber por qué desea que, cuando llegue a Criptana, sigan allí aquellos campos ya desaparecidos devorados por la urbanización. La verdad es que, en el fondo, el caminante es un bucólico perdido.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO