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Comparó el caminante, comparó el Criptana de ayer y el Criptana de hoy… comparó y se esfumó, por quince días. Dejó el caminante un Criptana rodeado de verdes campos en una anómala primavera prolongada.. y vuelve el caminante ya en pleno estío, con la siembras ya para la siega. Es de admirar cuánto cambia el paisaje manchego en poco más de quince días. Ha estado el caminante rondando tierras de la Champagne, allá por Troyes, y deambulando por calles de París, del barrio de Saint Germain, y del Boulevard Saint Michel, oteando viejas librerías y buscando libros viejos, que es lo que al caminante le gusta a rabiar, y tomando café en cafés etíopes, que hasta tienen el alfabeto etíope y todo, allí, en la entrada, en un cartelón.. y eso es un gustazo.

Y está de vuelta el caminante, y se encuentra otro mundo, otros colores, otros campos, muy diferentes a los que dejó hará unos quince días, días de frescor aún, día de lluvias un día sí y otro no, y tormentas allá para cuando. Comparó tiempos y comparó paisajes, comparó dimensiones y comparó Criptanas, la de ayer y la de hoy… todo esto hizo el caminante, casi sin darse cuenta.

Vuelve el caminante a recorrer los campos. Se quedó allá por el paraje de Doña Ana, junto a la carretera de Nieva, que es carretera de prestancia y postín, no porque sea carretera de mucha enjundia, sino porque es de nombre viejo heredado de un viejo camino que casi su mismo itinerario seguía. Está el paraje de Doña Ana en el kilómetro 8 de la carretera, y desde aquí se ve el pueblo de Campo de Criptana con todo detalle, y se ve su laberinto de tejados, y de casas, unas blancas, otras no tantos, y su torre de la iglesia enseñoreada sobre su horizonte, y su sierra de sus molinos, y sus molinos como colocados por casualidad sobre su cresta. Y se ve una llanura llena de vida, que es la de Criptana. Cruza el caminante a pie las tierras que hay entre la carretera de Nieva y un camino antiguo pero principal… el de Manzanares, que fue en otros tiempos camino de importancia, aunque hoy la ha perdido en parte. Pisa el caminante los terrones, y siente la potencia de gea, de la diosa tierra, de la Mancha en plena efervescencia, y siente que rebosa energía. A lo mejor no se puede comprender la esencia de la tierra sin pisarla, sin olerla, porque la tierra huele… y mu bien, el olor a tierra mojada, el olor a tierra en verano, porque la tierra de la Mancha siempre huele según su estación, y siempre sorprende al caminante.

Ve el caminante allá, cerca, el caminante la vía del ferrocarril, y pasa un talgo, fugaz, a lo mejor como el tiempo. ¡Qué diferente percepción hay del paisaje desde la tierra misma y desde un tren! En otros tiempos no las vería, pero hoy el caminante encuentra allí, junto al kilómetro 154 de la vía férrea, las antenas de telefonía y de televisión, en el paraje de Palomares, entre el Camino de Manzanares y el del Vegazo. Dos caminos, dos destinos; el de Manzanares va a morir, o a nacer, depende de cómo se mire, a la carretera nieva; el del Vegazo, en cambio viene dando un rodeo desde el término de Alcázar de San Juan, deja ya en Criptana el paraje del Pozo de la Lagunilla al Sur y el de la Caseta del Agua al norte, y cruza el ferrocarril por uno de esos pasos a nivel sin vigilancia, pasos peligrosos, sin duda, que no lo eran tanto con los trenes de antes, pero sí lo son con los trenes de ahora. Un talgo se presenta en un me ves y no me ves, y da tiempo a nada, ni a cruzar las vías ni a darse cuenta de que el tren está ya aquí, ya aquí… ya aquí.Y aquí se queda hoy el caminante, ante el paso a nivel del ferrocarril… ¿Cruza? ¿No cruza? Mañana lo veremos.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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