Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Decidió el caminante cruzar la vías del ferrocarril, y lo hizo por el Camino del Vegazo, o a lo mejor por el Camino de Campo de Criptana a Alcázar de San Juan. Comparten ambos paso a nivel sobre las vías, pues confluyen allí, en un punto intermedio entre sus kilómetros 153 y 154. Buscará hoy el caminante en vano algo que hubo en otros tiempos por allí. Buscará el paisaje limpio, buscará, al otro lado de las vías del tren, las llanuras manchegas de exuberantes siembras y algún que otro viñedo. Lo buscará en vano, y no lo encontrará, porque hoy ve únicamente un polígono industrial. Hay que reconocerlo: Nada hay más triste en un paisaje que un polígono industrial, dejando al margen su utilidad. Si va el caminante al mapa del Instituto Geográfico Nacional de 1886 encontrará allí, junto a la vía del tren, una casilla, una de las muchas que había a lo largo de su trayecto. Estaba la casilla al otro lado de la vía del tren, a saber, en su lado norte, y estaba junto al paso a nivel. Recordamos que también había “casillas” en la carreteras. Eran otros tiempos.

Mira ahora el caminante el paisaje de nuestros días. Sigue allí el camino del Vegazo, sigue allí su encrucijada con el camino de Campo de Criptana a Alcázar de San Juan, sigue allí el paso a nivel. Ya no sigue allí la casilla. No hay nada en su lugar; bueno, realmente algo hay, según como se interprete. Quizá podamos pensar que la naturaleza y la tierra han recuperado su espacio primigenio. Hoy, de los viejos caminos que había al norte de la línea del ferrocarril… de ellos no queda nada. En su lugar hay un polígono industrial más vacío que el estómago de Carpanta. Hay que reconocerlo, un polígono no es o más estético del mundo en un paisaje manchego; pero un polígono vacío es un gran fracaso, uno de esos que nadie nunca asumirá.

Seguía, pasado el paso a nivel, el camino de Campo de Criptana a Alcázar de San Juan, rumbo hacia el Pozohondo; y un poco más allá una bifurcación llevaba al Camino del Albardial, que entraba en Campo de Criptana por la actual calle del Sol. Ya no queda nada de aquella antigua red de caminos que tanto y tanto transitaron otras generaciones, aquellas que surgieron, vivieron y murieron, sucesivamente, unas tras otras. La nuestra también florecerá y también se marchitará, y al final no quedará, quizá ni el recuerdo.

Hoy cruza el caminante el paso a nivel sobre el ferrocarril y se adentra en un universo de asfalto, y de calles no-calles de trazado en damero, que es plano de mucho postín y que recuerda a las antiguas ciudades helenísticas y romanas, o también a Manhattan. Pero entrará aquí, el caminante, en el reino de la soledad, en el imperio de los cardos borriqueros, que, hay que reconocerlo, tienen un gran mérito y adornan una barbaridad los paisajes manchegos. Pero al caminante no le gusta este polígono vacío; cree el caminante que es un desprecio a la naturaleza, que es un desperdicio del paisaje, que es, como diría en otros tiempos Horacio, el parto de los montes, o, según Shakespeare, mucho ruido y pocas nueces. Digo yo a que lo mejor se inauguró en su momento con reunión de autoridades, y con televisión local (que nunca falta en estas circunstancias) y con cinta roja, y con corte de la cinta con tijera de plata, y con discurso florido y pomposo. ¿Y todo esto para qué? Preguntemos al Eclesiastés.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

 

Anuncios