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Así, casi sin darse cuenta, vuelve muchos días después, muchos kilómetros después, muchos paisajes. A lo mejor ahora es el momento de recordar momentos, y de repasar esas pequeñas aventuras en caminos y parajes. ¿Lo hará el caminante? ¿O no lo hará? Vaya usted a saber, porque no se sabe nunca por dónde va a salir con sus cosas. Es el caminante veleta como él solo, y gira, como ella, al viento que más le conviene.

A lo mejor es hora de pararse un momento a pensar, en el paraje de la Cañamona. Pero no; nuestro caminante pasa de largo, y hace como acostumbra… lo que le da la gana. Está ahora, en este lugar, en La Cañamona, en tierras de Alcázar de San Juan y tiene cerca, muy cerca, el Camino de los Siete Molinos. Mira a su espalda el caminante, y allí está la N-420. Prefiere el camino de los Siete Molinos y sus paisajes, no diré vírgenes, pero sí casi primigenios, de esos que, aunque humanizados, siguen aún el ritmo de las estaciones a pies juntillas. Verá el caminante inmensos e interminables siembras exuberantemente verdeantes en primavera, amarillas en verano.

Vuelve a mirar el mapa de 1886 el caminante. Allí encuentra sus caminos, y allí decide cuál será su recorrido en los próximos días. No se cansa, parece. Allí, a lo lejos, ve, sobre su colina, Campo de Criptana. Es Criptana como pueblo recostado sobre su tierra en placentera siesta, y desde allí, desde la Cañamona y alrededores, se ve pizpireto, y alegrón, y colorido. Diríase que cada espacio ha sido colocado con cuidado, cada casa, cada tejado,,cada molino sobre ellos como una corona real, y su torre de la iglesia que domina todo el paisaje.

No sé cuánta distancia se alcanzará a ver desde la torre de la iglesia, desde lo alto, desde lo más alto. No lo sé, pero serán muchos kilómetros de horizonte, por allá por donde se mire. A lo mejor se ven hasta las sierras de Alcaraz, y esto es poco. Es cuando se mira al sur. Y se ve Alcázar de San Juan, y más allá Herencia, y también Puerto Lápice. Se ven los famosos repetidores sobre sus sierras. Y esto me recuerda a las antiguas cadenas de televisión, la VHF y la UHF, las dos que había antes de los años noventa. Y mirará el caminante de la torre dirigiendo su vista hacia el este, y verá los confines criptanenses, y a lo mejor las tierras de más allá, e incluso alcanzará a ver el cerro de la Virgen de Criptana. Parece que los molinos, y la sierra, se pueden tocar con la mano a poco que se extienda. Esto es cuando se mira hacia el norte. Las casas de amontonan, unas sobre otras, pero, lamentablemente, el cemento y la uralita no dejan ver el conjunto. A lo mejor, incluso, desde la iglesia, se veía hace mucho el Cine Imperio, y también el Casino de la Concordia, pero de ellos ya no queda ni rastro.

Ve la torre de la iglesia de Campo de Criptana el caminante desde lejos, y se pierde en estas divagaciones. Pero vuelve a la realidad, y sus pies pisan la tierra, y tienen ahí, a la mano, las siembras interminables… y casi infinitas.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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