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En la plazoleta: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2003)

Irá, de paso, el caminante por una plazoleta criptanense, la del Conde de las Cabezuelas, y podrá contemplar, allí, en su parte más alta, un recuerdo necesario para Criptana de quien tanto hizo por la música en la localidad. Es el monumento a don Bernardo, a don Bernardo Gómez, farmacéutico de oficio y músico de vocación, músico y director, músico y compositor. Párese el caminante un momento, y observe cuánto hay detrás de ese homenaje, discreto, ciertamente, en su contexto. Párese el caminante y deje que resuene en su mente… Limiñana, la gran obra de don Bernardo, que no la única, ese Limiñana que, la menos una vez al año, interpreta la Filarmónica Beethoven cual si de un himno a Criptana se tratase.

Rememore también el caminante, entretanto, éxitos de don Bernardo, que fueron muchos, no exclusivamente debidos a él, sino también a su banda. ¿Qué es un director sin su banda? ¿Y una banda sin su director? Tanto monta, monta tanto. Uno de ellos ocurrió en 1887, y fue en Ciudad Real. Nos lo recuerda el periódico Eco de Daimiel, nº 208, del 31 de agosto de 1887, en forma de sentida felicitación a director y banda por su gran éxito. Dice su texto:

Damos la más cumplida enhorabuena al director de la banda de música de Criptana, el ilustrado farmacéutico D. Bernardo Gómez, por el éxito alcanzado en el certamen musical de Ciudad Real en el que logró, con justicia no discutida, el primer premio.

Maestro y discípulos fueron recibidos al regreso de un modo tan entusiasta por sus paisanos que siempre recordarán con placer las muestras de cariño de que fueron objeto.

Tan lisonjero resultado merece continúen trabajando en el divino arte, dedicándole constante culto.

Fue, entonces, don Bernardo y fue con él su banda a Ciudad Real. Imaginemos el viaje en aquellos tiempos. ¿Fueron quizá por carreteras y caminos polvorientos en pleno verano?. Imaginemos el viaje, quizá en galeras, de varias horas a Ciudad Real. A lo mejor, bajo el sol, bajo el toldo de una galera o de una tartana, algún músico iba ensayando su instrumento, o a lo mejor, un grupo de músicos se puso de acuerdo, y recreó un pequeño concierto, entre el traqueteo de su carro, bajo el sol de la canícula, camino de Ciudad Real… evocando, quizá, el intermezzo de Cavalleria rusticana. ¿O a lo mejor fueron en tren, que sería lo más cómodo y rápido?. Creo que lo mejor es pensar que fueron en tren, cargados con sus instrumentos, pero la imagen del pequeño concierto bajo el cielo manchego, cielo de canícula, no lo podemos negar, tiene su encanto.

Y llegaron don Bernardo y su banda y triunfaron. ¡Qué gusto y satisfacción! Recuérdelo el caminante cuando vuelva a pasar ante el monumento… que don Bernardo y su banda cosecharon éxitos mucho, mucho antes, de lo que podríamos haber imaginado.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO