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Es la línea férrea la única recta que destaca en el mapa del término municipal criptanense publicado por el Instituto Geográfico Nacional en 1886. De acá para allá se extiende una caótica red de caminos en todas direcciones como una tela de araña, pero la línea férrea tiene claro su destino. Se encamina a Campo de Criptana desde donde la dejábamos ayer, a saber, el lugar que después ocupó la Estación de Arenales.

Junto al Záncara, cerca del Batán: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Junto al Záncara, cerca del Batán: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Tan recta, tan recta es la vía del ferrocarril que le importa un comino la vieja de red de caminos, los hollados desde hace siglos por carros y carretas y herraduras de caballerías. La vía del tren cortó muchos caminos. A lo mejor se hicieron pasos a nivel sin barreras, pocos con barreras, y ya en el siglo XX, muy entrado, algún que otro puente. En el mapa de 1886 el camino de Argamasilla de Alba a El Toboso aparece cortado por la vía. Hoy hay un puente allí, puente de pavimento muy bacheado, ciertamente, pero puente al fin y al cabo que quita muchos peligros allí donde los talgos y otros trenes alcanzan velocidades a tener en cuenta.

Retomamos el camino hacia la estación de Criptana. Nos habíamos quedado ayer justo en el puente del camino de Argamasilla a El Toboso, a medio camino entre los puntos kilométricos 163 y 164. Sigamos adelante. A la izquierda un camino nos acompaña. Es el de Campo de Criptana a El Batán, es decir, al Molino del Batán, el que hubo en otro tiempo junto al río Záncara y del que quedan sólo algunos vestigios. Son pocos, ciertamente. El tiempo y el hombre son inmisericordes, con las cosas, y también con los ríos. No sé yo si habrá algún río en España tan maltratado y humillado, tan vejado y castigado, como el río Záncara. La vía férrea corta este camino en un punto que podemos situar entre los puntos kilométricos 159 y 160. Pero antes de llegar a él, de decidir si cruzamos o no mientras miramos atentos a un lado y otro… por si acaso, por si el tren, que nunca se sabe… que lo ves a lo lejos y en menos que canta un gallo se presenta aquí… y ya… pero, como iba diciendo, antes de llegar a él miramos hacia atrás.

Paisaje junto al Záncara: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2005)

Paisaje junto al Záncara: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2005)

La vía férrea ha pasado junto al Monte de D. Lucio, y allí, a la izquierda, no muy lejos, se puede ver la casa del mismo nombre, Casa de D. Lucio. Esto es más o menos entre los kilómetros 161 y 162,5 de la vía férrea. Pasado el kilómetro 162 había una casilla del ferrocarril, y pasado el 160 otra. Dejamos a la derecha el paraje de Cuadrillas. Digo yo que a lo mejor este paraje es el que concentra el mayor número de encrucijadas del término criptanense. Camino de Campo de Criptana al Molinillo, Camino de la Medialegua, Camino del Cocedero de Olivares, Camino del Cocedero de Moreno, Camino de la Choza, Camino del Vado del Guijarral, Camino de la Dehesa de Melgarejo… todos ellos, todos estos caminos, confluyen en el paraje de Cuadrillas, del que, añadiremos para sosegar la curiosidad del lector, que está situado a unos 659 metros de altura sobre el nivel del mar. ¿Todos los caminos llevan a Roma? A lo mejor no… a lo mejor todos los caminos llevan a Cuadrillas, pequeña colina, colina discreta, que destaca sobre la llanura interminable de los mares de viñedos criptanenses. Todo esto está a la izquierda del camino.

¿Y a la derecha? La derecha es paisaje más sosegado. Tres caminos vienen en paralelo desde Campo de Criptana en dirección sureste: Uno es el de Carralero, otro es el del Cocedero de Porro, y el tercero, camino muy principal según parece, es el de Campo de Criptana a Socuéllamos. Mire el lector a la derecha, y verá algunas casas bien arboladas. ¿Qué casas son? Se preguntará. Pues son la Casa de Lerín, la de aquí cerca, la de Palmero un poco más allá, la de Infantes a lo lejos.

Nos quedamos en el kilómetro 160. Aún nos quedan unos pocos para llegar a la Estación de Campo de Criptana, pero esto será cosa de otro día.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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