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Azorín estuvo en Criptana en 1905, y de este pueblo nos dejó un retrato insuperable. Sus calles, sus edificios, su fonda, sus gentes, sus paisajes, y muchas cosas más. Posiblemente, nadie haya contado nunca con tanta poesía y tanta inspiración cómo era Criptana por aquel entonces. Azorín encontró un pueblo cervantino, desbordante de quijotes y sanchos; encontró unos molinos que aún molían, y que aún estaban allí, enhiestos, esperando al caballero para plantarle batalla. Azorín revivió aquí las aventuras del Quijote y descubrió que no habían cambiado tanto las cosas en cuatrocientos años. Criptana tenía tren, escudos, balcones y un farmacéutico músico que tocaba el armonio y que compuso un himno. En Criptana se da mucho esto: un farmacéutico músico, un alcalde poeta, un bibliotecario escritor, y así mucho más, en cuantas combinaciones se quiera, casi sin fin. El músico farmacéutico era Bernardo Gómez, y Azorín le escuchó, al armonio, su himno. No sabemos si le gustó, pero lo escuchó, y eso no es poco.

Años después Azorín nos relata otro viaje a Campo de Criptana. Es el año 1942, a comienzos de agosto. Criptana ya no es la misma que treinta y siete años antes. Ya no tiene su antigua iglesia, aquel monumento coronado por la torre más alta de la provincia, ya no tiene su magnífico retablo mayor, ya no tiene sus capillas ni sus obras de arte, y en esos años hay hambre, mucha hambre y pobreza, mucha pobreza, esa desesperación de la posguerra inolvidable para quienes la vivieron. Azorín tampoco es el mismo. Aquella efervescencia de juventud en busca de aventuras quijotescas de 1905, es ahora calma pausada del escritor consagrado, del escritor maduro, del escritor que tiene otros intereses más elevados. Ni Criptana ni Azorín eran ya los mismos, y el retrato que éste nos hace de este pueblo, naturalmente, es muy diferente.

Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

El relato se titula Escapada a Criptana y se publicó en el periódico La Prensa, del 1 de noviembre de 1942. Algunos años después fue publicado en La Novela del Sábado, por Ángel Cruz Rueda, junto a otros diez relatos azorinianos, con el título El buen Sancho. Sobre esta edición se basa la publicada por José Manuel Vidal Ortuño en Madrid, en el año 2004 (págs. 97-101), que es la que uso. En este relato, Azorín nos dice que ha hecho una escapada a Criptana, olvidándose por tres días completamente de los libros. Sacó un billete de tercera y salió de Madrid en el tren de las nueve de la mañana. En el tren coincidió con otros dos viajeros: un labrador alicantino, de Novelda, y un cuchillero de Albacete, y la conversación les hizo más corto el viaje. Y al fin llegó Azorín, de nuevo, a Criptana.

He aquí lo que nos cuenta Azorín sobre sesta”escapada”:

En las primeras horas de la tarde he llegado a mi destino. ¿Qué es lo que se podrá hacer en Criptana? Le pregunto al mozo de comedor (en una limpia fonda) y a la sirvienta que asea mi cuarto, y al chico de los mandados, y no saben qué contestarme. De todos modos  venir a Criptana, en plena Mancha, y estar en Criptana ya es cosa importante. La primera aventura que tuvo don Quijote en su segunda salida le avino, según parece, en Criptana. En este lugar combatió con los molinos de viento. Molinos movidos por el viento los había en varios lugares de la Mancha y aun en Levante. Criptana se extiende al pie de un cerro: la sierra de los Molinos. Se hallan en lo alto, a todos los vientos, los molinos famosos. Cervantes dice al comienzo del capítulo en que tal empresa se narra que había treinta o cuarenta molinos en el lugar de combate; hoy sólo quedan seis u ocho. No son utilizados en la moltura; Ignacio Zuloaga ha comprado uno de ellos y siempre habla con ufanía de su molino; cuando se halla en Madrid no pasan ocho días sin que vaya a visitarlo. En Levante, siendo niño, he visto yo moler trigo muchas veces en uno de esos aéreos artefactos. Las aspas giraban movidas por la ventolera, y en lo interior de la torrecilla se producía un estrépito ensordecedor.

¿Qué podrá hacerse en Criptana cuando se han visitado los molinos, y se ha bebido en una bodega un vaso de aloque manchego, y se ha gustado también una copita de fragante y exquisito aguardiente seco? En la Mancha se quema, como se dice, mucho vino; el alcohol se destina en parte a usos industriales o al encabezamiento de vinos flojos, y en parte a la elaboración de anisados. Debo decir, ya que se presenta coyuntura, que nunca se han elaborado en España tantos y tan finos licores como al presente. De coñacs se anuncian a diario multitud de marcas, algunos, al decir de los cosecheros, coetáneos de la guerra de la independencia.

Del cuarto de la fonda voy al casino. Y del casino salgo al campo. Y del campo vuelvo a la fonda. Se preguntarán seguramente en Criptana a qué ha venido este caballero que no se ocupa de nada; viajante de comercio no soy, ni industrial, ni comprador de trigos o de alcohol. No hacer nada, para un escritor, es hacer mucho. No hacemos nada en apariencia; pero nuestro subconsciente continúa trabajando. Y cuando volvemos al tablero, con unas cuartillas y la pluma, nos encontramos con gérmenes de libros o de artículos, de novelas o de poemas, que no teníamos.

Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Queda aún, en este relato, aquel gustillo cervantino de Criptana, aquella añoranza de otros tiempos, aquella nostalgia por las aventuras del caballero que hizo, para siempre, eterna esta tierra y un mito de este pueblo. Ya no había (ya no hay) sanchos en Criptana, y por eso, quizá, Azorín ya no habla de ellos; su imagen quedó en antiguas fotografías en blanco y negro y sepia, su himno aún resuena en el armonio de aquel santuario de Villajos, pero ya no están los sanchos, como tampoco están tantos otros. En su lugar Azorín habla del vino de Criptana, de los licores, del alcohol, verdadero motor de la economía criptanense de aquellos tiempos. Y aparece la palabra “aloque”, que, según el DRAE, se aplica especialmente al “vino tinto claro” o a la “mixtura de tinto y blanco”. Es una palabra muy antigua y aparece ya recogida en el Diccionario de la lengua española de 1726 (pág. 240,2) con el siguiente significado:

ALOQUE, adj. Espécie de vino, cuyo colór es roxo subido, que se inclina al tinto. Haïle de dos fuertes, naturál, y artificiál. El naturál es el que se hace de uva morada, el artificiál el que es compuesto de vino tinto y blanco. Tamarid trahe esta voz, y dice que es Arabiga, y que viene del verbo Haláq, que vale mezclar y revolver, porque es mezcla de vino y tinto. El P. Alcalá dice que viene del verbo Arábigo Halíc, que significa vino puro y sin agua.

Criptana ya no era la misma; Azorín tampoco. Sin embargo nos queda un consuelo: él era uno de los últimos caballeros y por eso volvió a Criptana, porque en ningún otro lugar podía encontrar un pueblo tan cervantino y quijotesco como éste. Sobre Ignacio Zuloaga y su molino, hablaremos en otra ocasión.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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