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Tiene el que escribe (y no puede ni quiere ocultarlo) debilidad por algunos de los personajes que pululan desde que este blog existe por sus artículos. Tiene el que escribe, como es lógico, historias y personajes criptanenses predilectos, y eso se deja ver continuamente. Los hay reales, lo hay inventados, como nuestro famoso caminante anónimo que tanto hace que no asoma la nariz por estos textos. Algún día de estos aparecerá de nuevo, por sorpresa, recorriendo tranquilamente las calles criptanenses y buscando sus historias que también son las mías. Pero no quiero entrar aquí en metahistorias, y por ello nos volvemos a personajes reales, como don Bernardo Gómez, nuestro «Don Bernardo», nunca suficientemente recordado, siempre eterno por su «Limiñana» y por otras muchas menos famosas composiciones que, quizá, quién sabe, puede que idease en la mesa camilla de su rebotica. Esto de la mesa camilla responde, sin duda, a la imagen ideal que el que escribe tiene de una rebotica clásica, que también podría ser, quizá, de una trastienda cualquiera. Rebotica en aquel tiempo quizá con quinqué de petróleo, quizá con sillón de esparto, tapete en la mesa con muchas puntillas, y a lo mejor incluso un brasero de picón, y una badila que, como todas las badilas (y eso forma parte de la naturaleza intrínseca y consustancial de las badilas), casi siempre anda perdida por el suelo nunca a mano cuando se la necesita. Y a lo mejor tenía la rebotica ventana, y en ella visillos, y de fondo se oía el ruido de la calle… gente que pasa, niños que juegan, carros lentos que van no sabemos bien adónde. Una rebotica da, sin duda, para mucho en historias.

Puede que allí, sobre esa mesa de la rebotica, escribiese don Bernardo su obra inspirada en el Quijote. De su publicación dio cuenta el periódico La Correspondencia de España, año LVI, núm. 17251, del 5 de mayo de 1905, con esta breve nota:

Inspirada en la inmortal obra del Quijote, acaba de ver la luz pública en todas las librerías y centros musicales una preciosa y fácil composición, letra de D. Carlos Servet y música de D. Bernardo Gómez, notable músico del Campo de Criptana.

La portada de la citada composición es una alegoría muy bien entendida y dibujada por el popular Teodoro Gascón.

Se puede seguramente identificar esta composición con aquella de cuyas excelencias hacía gala don Bernardo buscando el favor de Azorín, unos dos meses antes, en marzo de 1905, cuando el viajero pasó por Campo de Criptana en su ruta del Quijote para el periódico El Imparcial (véase: Viajeros en Campo de Criptana: Azorín, su «Ruta del Quijote» y el himno de don Bernardo, 1905). Fue en el trayecto en galera desde Campo de Criptana a su santuario del Cristo de Villajos. Un grupo de criptanenses, entre ellos don Bernardo, quizá agasajar a Azorín con una excursión y una comida en el santuario. Don Bernardo se sentó junto a Azorín, y le habló de su himno a Cervantes, «para que sea cantado en el Centenario», le decía don Bernardo a Azorín. Y se lo cantaba don Bernardo, y se lo tarareaba… pero a Azorín no le interesaba mucho la composición. Y don Bernardo, como dice Azorín, se la cantó:

Gloria, gloria, cantad á Cervantes,
Creador del «Quijote» inmortal…

Y Azorín, a decir verdad, hizo de menos a don Bernardo, quien, quizá, en la tranquilidad de su rebotica, había compuesto a la luz de un quinqué y al calor de su brasero su composición del Quijote inmortal.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO