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Calle Virgen de la Paz (Detalle del cuadro "Panorámica de Campo de Criptana a Poniente). Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Calle Virgen de la Paz (Detalle del cuadro «Panorámica de Campo de Criptana a Poniente»). Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Hemos ido tejiendo este monopoli criptanense, desde sus comienzos hasta ahora, y lo que quede para el futuro, como una araña que tejiese su tela: desde el centro hacia las afueras, y por eso ahora toca ocuparse de las calles que en el último tercio del siglo XIX formaban la periferia de aquel pequeño casco urbano de Campo de Criptana. Ya hablamos en su momento de la calle Fontanilla, de la calle Huertopedrero, y hemos hablado también de la calle Aduana, de la Estación, y ayer lo hicimos de la calle Angora (véanse: El «monopoli» criptanense, Campo de Criptana, 1900, XIII: La calle de la Fontanilla; El «monopoli» criptanense, Campo de Criptana, 1900, XIV: La calle Huertopedrero I; El «monopoli»… La calle Huertopedrero II;  El «monopoli» criptanense, Campo de Criptana, 1900, XV: La vieja calle Aduana; El «monopoli» criptanense, Campo de Criptana, 1900, XVI, La Estación; El «monopoli» criptanense, Campo de Criptana, 1900, XVII: La calle Angora).

Quizá convenga ahora, momento en que ya estamos de lleno en las afueras de aquel Criptana de finales del XIX, hacer una consideración necesaria a estas alturas. Había entonces y ha habido hasta hace relativamente poco tiempo en Criptana una clara delimitación del pueblo respecto a lo que no era pueblo. Hoy, como ocurre con todos los pueblos de nuestro tiempo, Criptana parece estar protegido por lo que podríamos llamar un «cinturón de castidad» de cemento y asfalto y polígonos industriales y agrícolas, una tierra de nadie que es pueblo y no es pueblo a la vez, y que lo aísla a modo de gran profiláctico de esos campos primigenios, del mundo agreste, de la naturaleza misma, de las llanuras interminables que lo rodean y que, se quiera o no, le son vitales. Debía por entonces, a finales del siglo XIX, de estar rodeado Criptana de un elemento paisajístico omnipresente en aquellos tiempos: las eras, indispensables como el comer. Y ha quedado su recuerdo en los nombres de algunos topónimos criptanenses, como el de la calle Eruelas,  sin duda, diminutivo de «eras».  Otros, como el de «Pozo de las Eras» se han perdido, al menos como nombre oficial, aunque no en el uso popular (véase: Los pozos y los Infantas, Campo de Criptana, 1890). Es una pena.

Calle Virgen de la Paz: Plano de Campo de Criptana por Domingo Miras (1911)

Calle Virgen de la Paz: Plano de Campo de Criptana por Domingo Miras (1911)

Nos ocupamos hoy de una calle más que, sin duda, merece entrar en este «monopoli» criptanense. Era una de las calles periféricas a finales del siglo XIX, una de las últimas por el norte, una de las primeras que encontraban el viajero y el caminante que entraban a Campo de Criptana desde el Cristo de Villajos o desde los pozos de Villalgordo, que daban por entonces nombre a la actual calle del Cristo. Piense el lector que en aquel tiempo la calle Barrionuevo estaba ya plenamente formada en el extremo que daba a la calle del Norte, pero no tanto en el extremo que acababa en la calle de Villalgordo; apenas estaba trazada, porque Campo de Criptana acababa en este tiempo propiamente  en la calle del Alto. Al otro lado de la calle de Villalgordo había poco, sólo algunas casas que ya iban dibujando la forma que tiene hoy, y así hasta la actual calle Luna.

Ermita de la Virgen de la Paz: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Ermita de la Virgen de la Paz: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Siguiendo los pasos del caminante que entrase a Criptana por aquel camino, encontraríamos, después de la calle Barrionuevo (o Barrio Nuevo), la del Alto y, luego la del Granado. Y de ésta nos ocuparemos hoy. Tenía su extremo occidental en la calle de Villalgordo y el oriental en la calle de la Fuente, con un ligero quiebro en su parte central, tal como es hoy. Es calle sorprendente; la toma uno desde la calle Villalgordo, y tiene el caminante la sensación de que es una calle como otras, como las demás del barrio, sin nada de particular; pero conforme se acerca el caminante al quiebro que tiene esta calle a mediados de su recorrido va atisbando el caminante poco a poco una sorpresa inesperada, porque allá, al fondo, de repente aparece majestuoso el cerro de la Paz, y cambia el paisaje, y cambian las percepciones, y cambia el mundo en el que el caminante cree estar inmerso. Continúa su camino el caminante, como es su deber y como dicta la naturaleza a todo el que se dedica a esos menesteres, y empieza el caminante a apreciar más detalles, y ve, frente a sí, las casas encabalgadas unas sobre otras, de forma que, diríase tal vez que no hay calles, que no hay sitio para ellas, y que unas están construidas sobre otras, como amontonadas, como los granos de una granada, como en un cuadro de Hundertwasser.  Y sobre ellas aparece, blanca e inmaculada, majestuosa, como cabalgando sobre las casas, la ermita de la Virgen de la Paz. Y quizá por ello, por esta visión perpetua de esta ermita desde la calle, por su omnipresencia a lo largo de todo el recorrido de la calle, tomó su nombre esta calle en la reforma del nomenclátor de 1890, y pasó a llamarse «de la Virgen de la Paz», como aparece en el plano de Campo de Criptana de Domingo Miras, en 1911, y como todavía se nombra hoy. Es otro de esos casos, de los que ya hemos apuntado muchos, en que la reforma sustituyó a la tradición por la religión, y calles que habían tenido nombres muy antiguos y de origen casi inescrutable en la noche de los tiempos, tomaron nombres relacionados con la religión. Otro ejemplo fue el de la calle de Villalgordo, que pasó a llamarse «del Cristo» (véase: La revolución del nomenclátor, Campo de Criptana, 1890).

Calle de la Virgen de la Paz (Desde el cerro). Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Calle de la Virgen de la Paz (Desde el cerro). Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

No se debe el lugar de esta calle en el monopoli a su actividad económica, que era casi nula, pues tenía, como casi todas las calles periféricas, carácter residencial. De hecho, ninguna matrícula de contribución industrial con dirección en esta calle aparece en el listado que publica el Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real del viernes 9 de marzo de 1900. Sí encontramos, sin embargo, vecinos de esta calle en el listado de contribuyentes electores de Campo de Criptana que publica el Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, supl. al núm. 36, del miércoles 8 de enero de 1890. He aquí sus nombres, su dirección y la contribución que pagaban:

Núm. 1. Juan Antonio Angulo y Gallego. 59,61 ptas.

Núm. 6. Jerónimo Lucerón Ramos. 29,97 ptas.

Núm. 18. Ángel Panadero Polo. 31,16 ptas.

Núm. 20. Cosme Guía Jiménez. 24,33 ptas.

Núm. 23. Trinidad Flores Bermejo. 26,97 ptas.

Núm. 23. Jesús Sánchez Rojo Alcolado. 31,81 ptas.

Núm. 25. Francisco Manzaneque Ucendo. 34,50 ptas.

Núm. 25. Julián Manzaneque Lizcano. 45,38 ptas.

Núm. 25. Juan Manzanares Olmedo. 68,79 ptas.

Núm. 26. Claudio Muñoz Quirós y García. 46,06 ptas.

Núm. 41. Florencio Cruz Alberca. 57,50 ptas.

Núm. 50. Roque Alberca Sánchez. 36,35 ptas.

Núm. 62. Deogracias Sepúlveda Lucerón. 145,75 ptas.

Es, como se puede constatar, una de las calles de Criptana que en aquel tiempo concentraba mayor número de contribuyentes electores que, aunque no muy ricos riquísimos, sí se pueden considerar como propietarios con posibles, quizá una clase media. Hagamos, antes de acabar, unas últimas consideraciones sobre el viejo nombre de esta calle, «Granado». Vimos ya que había una calle, Paraíso, que debía su nombre a un árbol ¿Podría ocurrir lo mismo con ésta? Aunque también podría tomar su nombre del adjetivo, «granado», que según el DRAE tiene el significado de «notable y señalado, principal, ilustre y escogido». Prefiero pensar, aunque no tengo argumentos históricos que me sirvan de apoyo, que fue el árbol el que podría haber dado nombre a esta calle, ese árbol que tanta simbología tiene, ese árbol que produce uno de los frutos más ricos y más inmortales que se conocen. Era la granada uno de los frutos más apreciados e la antigüedad, no sólo por su sabor y por sus excelentes méritos para la salud, sino porque en el mundo griego estaba relacionada con Perséfone, que había sido raptada por Hades, dios de los muertos, para que fuera su esposa, viéndose obligada a cumplir sus obligaciones maritales después de tomar unos granos de granada. Y por ello, la granada forma parte de la decoración escultórica de muchos conjuntos funerarios de la tradición occidental. No puedo olvidar esta historia siempre que paso por esa calle de la Virgen de la Paz, olim de Granado, y no puedo evitar pensar que, quizá, a lo mejor dentro de nuestra efímera vida terrenal tenemos algo de esa inmortalidad… aunque sólo sea en forma de recuerdo y memoria.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO